viernes, 10 de septiembre de 2010

Capitulo 1

Jueves, 11 de septiembre

— Rosalie jura que nunca quiere ver otro ataúd mientras viva.
Edward gruñó por el comentario de su madre cuando él y su hermano menor Jacob colocaban el ataúd en el piso del sótano. Sabía todo acerca de la nueva aversión de su futura cuñada; Emmet se lo había explicado todo. Por eso estaba almacenando esa cosa. Emmet estaba dispuesto a sacarlo de la mansión para mantener a su prometida feliz, pero por motivos sentimentales, no podía separarse permanentemente de él. El hombre juró que se le ocurrieron sus mejores ideas estando dentro en la silenciosa oscuridad. Él era un poco excéntrico. Era la única persona en quién Edward podía pensar que traería un ataúd al ensayo de su propia boda. El ministro se había horrorizado cuando él había descubierto a los tres hermanos transfiriéndolo del pickup de Emmet a la furgoneta de Jacob.
— Gracias por sacarlo de aquí, Jacob. —Dijo Edward cuando se enderezó.
Jacob se encogió de hombros.
— Tú apenas lo podrías acomodar en tu BMW. Además, —agregó cuando emprendieron el viaje de regreso arriba de las escaleras— prefiero transportarlo antes que almacenarlo. Mi ama de llaves tendría un ataque.
Edward simplemente sonrió. Él ya no tenía una ama de llaves por quién preocuparse, y la compañía de limpieza que había contratado para dejarse caer una vez a la semana sólo trabajaba en el primer piso. La vista del ataúd no era una preocupación.
— ¿Todo está listo para la boda? —Preguntó cuando siguió a su madre y a Jacob a la cocina. Apagó las luces del sótano y cerró la puerta detrás de él, pero no se tomó la molestia de encender otras luces. La débil irradiación de la luz nocturna era suficiente para iluminar la cocina y caminar hacia la puerta de la calle.
— Sí. Finalmente. —Esme Cullen sonó aliviada.— A pesar de las preocupaciones de la señora Garrett de que la boda era demasiado apresurada y que la familia de Rachel no tendría tiempo de tomar medidas para estar aquí, todos ellos vendrán.
— ¿Qué tan grande es la familia? —Eward sinceramente esperaba que no hubiese tantos Cullen como había habido Whitlock en la boda de Alice. La boda de su hermana con Jasper Whitlock había sido una pesadilla. El hombre tenía una familia enorme, la mayoría de la cual parecían ser mujeres solteras que miraban a Edward, Emmet y Jacob como si fueran el plato principal de una comida en curso. A Edward le desagradaban las mujeres agresivas. Él había nacido y crecido en un tiempo cuándo los hombres eran los agresores y las mujeres sonreían y contestaban con una sonrisa afectada y sabían su lugar. Realmente no se había adaptado a los tiempos y no anhelaba otro desastre como la boda de Alice donde había pasado la mayor parte de su tiempo evitando a las invitadas femeninas.
Afortunadamente, Esme serenó algunos de sus miedos anunciando— Bastante pequeña si se compara con la familia de Jasper, y son sobre todo hombres, según la lista de invitado que vi.
— A Dios gracias. —Murmuró Jacob, intercambiando una mirada con su hermano.
Edward inclinó la cabeza en acuerdo.— ¿Está nervioso Emmet?
— Es bastante sorprendentemente, pero no. —Jacob sonrió torcidamente— Él ya tiene bastante tiempo ayudando a arreglar todo esto. Jura que no puede esperar al día de la boda. Rachel parece hacerlo feliz. —Su expresión cambió a una de perplejidad.
Edward compartió la confusión de su hermano. Él no podía imaginar dejar su libertad por una mujer, tampoco. Deteniéndose a pensar en la puerta de la calle, regresó para encontrar a su madre escarbando en el correo de la mesa de su vestíbulo.
— ¡Ed! , aquí tienes correo sin abrir de hace semanas! ¿No lo lees ?
— ¿Por qué tan asombrada mamá? Él nunca contesta las llamadas, tampoco. Caray, tenemos suerte cuando se molesta en abrir la puerta.
Jacob lo dijo con voz risueña, pero Edward no perdió el intercambio de miradas entre su madre y su hermano. Estaban preocupados por él. Siempre había sido una persona solitaria, pero últimamente había llevado esto hasta el extremo y todo parecía una molestia. Sabían que en su vida crecía peligrosamente el aburrimiento.
— ¿Qué es esta caja?
— No sé. —Edward admitió cuando su madre levantó una enorme caja de la mesa y la sacudía como si fuese ligera como una pluma.
— Bien, ¿no piensas que podría ser una buena idea averiguarlo? —Preguntó ella con impaciencia.
Edward puso los ojos en blanco. No importa cuán viejo llegara a ser, su madre probablemente interferiría y lo picotearía como una gallina. Era algo a lo que se había resignado hacía mucho tiempo.
— Tendré tiempo para hacerlo eventualmente. —Refunfuñó.— Es en su mayor parte correo molesto o personas que quieren algo de mí.
— ¿Qué hay acerca de la carta de tu editor? Debe ser importante. No lo enviarían por correo urgente si no lo fuera.
El ceño de Edward se hizo más profundo cuando su madre recogió el sobre FedEx y lo giró con curiosidad en sus manos.
— No es importante. Mi editora sólo me acosa. La compañía desea que haga un viaje para firmar libros.
— ¿Angel quiere que tú hagas un viaje para firmar libros? —Esme frunció el ceño.— Pensé que le aclaraste desde el principio que no estás interesado en la publicidad.
— No Angel. No. —Edward no estaba sorprendido por que su madre recordara el nombre de su viejo editor; ella tenía una memoria perfecta y él había mencionado a Angel muchas veces en los diez años que había estado escribiendo para Roundhouse Publishing. Sus primeros trabajos habían sido publicados como textos históricos usados sobre todo en universidades y colegios. Esos libros estaban todavía en uso y se elogiaban por que estaban escritos como si el escritor realmente hubiese sobrevivido a cada período sobre el cual escribió. Que, claro está, Edward hizo. Sin embargo ese era un conocimiento apenas público.
Los últimos tres libros de Edward, sin embargo, habían sido de naturaleza autobiográficos. La primera parte contaba la historia de cómo se habían conocido su madre y su padre y se habían unido, el segundo cómo había conocido su hermana Alice y se había enamorado de su marido, el terapeuta, Jasper, y el último, publicado solamente hace semanas, narraba la historia de su hermano Emmet y Rosalie Hale. Edward no había pensado escribirlos, sólo los clasificaba como de seguir adelante. Pero una vez que los había escrito, había decidido que deberían ser registros publicados para el futuro. Obtenido el permiso de su familia, los había enviado a Angel, quien había pensado que eran un brillante trabajo de ficción y los había publicado como tal. No sólo ficción, tampoco, sino que "romance paranormal." Edward repentinamente se había encontrado como un escritor romántico. La situación entera era algo inquietante para él, así que generalmente hacía lo mejor que podía para no pensar en ello.
— Angel ya no es mi editor. —Explicó— Tuvo un ataque al corazón a finales del año pasado y murió. Su asistente recibió su puesto y su trabajo, y ha estado acosándome desde entonces. —Frunció el ceño otra vez.— La mujer trata de usarme para ponerse a prueba a sí misma. Está resuelta a que debería hacer algunos eventos publicitarios para las novelas.
Jacob lo miró como si estuviese a punto de hacer un comentario, pero hizo una pausa y se giró por el sonido de un coche entrando en el camino de acceso. Edward abrió la puerta, y los dos hombres observaron con diversos grados de sorpresa como un taxi se detenía al lado de la furgoneta de Jacob.
— ¿Dirección equivocada? —Preguntó Jacob, sabiendo que su hermano no sobresalía por tener compañía.
— Debe ser. —Comentó Edward. Entrecerró los ojos cuando el conductor salió y abrió la puerta de atrás a una mujer joven.
— ¿Quién es esa? —Preguntó Jacob. Sonó aún más asombrado de lo que Edward se sentía.
— No tengo ni idea. —Contestó Edward. El taxista sacó una maleta pequeña y un saco de noche del maletero del coche.
— Creo que es tu editora. —Anunció Esme.
Tanto Edward como Jacob se giraron para mirar detenidamente a su madre. Ellos la encontraron leyendo la carta ahora abierta de FedExed.
— ¿Mi editora? ¿De qué diablos estás hablando? —Edward caminó para arrancar con fuerza la carta de su mano.
No haciendo caso de su grosero comportamiento, la madre de Edward se movió al lado de Jacob y miró detenidamente con curiosidad hacia fuera.
— Como el correo es tan lento, y el interés en tus libros se ha extendido, la señorita Bella Swan decidió venir a hablarte en persona. Cosa que, —Esme añadió maliciosamente— sabrías si te molestases en leer tu correo.
Edward arrugó la carta en su mano. Básicamente decía todo lo que su madre había expresado. Eso, más el hecho que Bella Swan llegaría sobre las 8 p.m en el vuelo de Nueva York. Eran las 8:30. El avión debía haber llegado a tiempo.
— Ella es bastante bonita, ¿verdad? —El comentario, junto con la especulación en la voz de su madre cuando habló, bastó para alarmar a Edward. Esme sonó como una madre considerando buscarle una pareja, ya bastante familiar en ella. Ella lo había hecho la primera vez que había visto a Emmet y Rose juntos, también, y mira cómo había resultado: ¡Emmet enterrado profundamente en las preparaciones de la boda!
— Esta considerando una búsqueda de pareja, Jacob. Llévala a casa. Ahora. —Ordenó Edward. Su hermano se echó a reír, moviéndolo para añadir— después de que haya acabado conmigo, enfocará la atención en encontrarte una esposa.
Jacob dejó de reír de inmediato. Agarró el brazo de su madre.— Ven, Mamá. Esto no es asunto nuestro.
— Por supuesto que es asunto mío. —Esme encogió su codo libre.— Sois mis hijos. Vuestra felicidad y vuestro futuro es muchísimo mi asunto.
Jacob trató de discutir.— No entiendo por qué es un asunto ahora. Ambos tenemos más de cuatrocientos años. ¿Por qué, después de todo este tiempo, se te ha metido en tu cabeza vernos casados?
Esme reflexionó durante un momento.— Bien, desde que tu padre murió, he estado pensando...
— Dios querido. —Interrumpió Edward. Tristemente negó con la cabeza.
— ¿Qué dije? —Preguntó su madre.
— Es exactamente como Alice terminó por trabajar en el refugio y se implicó con Jasper. Papá murió, y ella comenzó a pensar.
Jacob inclinó la cabeza solemnemente.— Las mujeres no deberían pensar.
— ¡Jacob! —Exclamó Esme.
— Bueno, bueno. Tú sabes que bromeo, Mamá. —Él se calmó, tomándola del brazo otra vez. Esta vez la puso fuera de la puerta.
— Sin embargo, yo no lo hago. —Edward habló cuando los vio caminar desde el pórtico a la acera. Su madre recriminó a Jacob todo el camino, y Edward sonrió abiertamente por la expresión asediada de su hermano. Jacob soportaría un infierno todo el camino a casa, Emmet lo sabía, y casi se compadeció de él. Casi.
Su risa murió, sin embargo, cuando su mirada se fijó en la castaña que era aparentemente su editora. Su madre hizo una pausa en sus recriminaciones para saludar a la mujer. Edward casi trató de oír lo que decían, luego decidió no molestarse. Dudó que quisiera oírlo, de todos modos.
Él miró a la mujer saludar con la cabeza y reírse con su madre, entonces tomó su equipaje en la mano y hecho a andar por la acera. Los ojos de Edward se estrecharon. Dios querido, no esperaba quedarse con él, ¿verdad? No había ninguna mención en su carta sobre donde planeaba quedarse. Ella debía planear permanecer en un hotel. Por supuesto no asumiría que la alojaría. La mujer probablemente todavía no había parado en su hotel, se tranquilizó a sí mismo, con su mirada fija viajando sobre su persona.
Bella Swan estaba sobre la altura de su madre, lo cual la hacía relativamente alta para ser una mujer, quizá 1’53. También era delgada y bien proporcionada, con largo cabello castaño. Parecía bonita desde la distancia que en ese momento los separa. En un traje de calle azul pálido, Bella Swan se parecía a un vaso fresco de agua helada. La imagen agradaba en esa tarde de septiembre inoportunamente caliente.
La imagen se rompió cuando la mujer arrastró su equipaje hacia el pórtico, hizo una pausa ante él, le ofreció una sonrisa alegre tan brillante que levantó sus labios y chispeó en sus ojos, luego balbuceó.— Hola. Soy Bella Swan. Espero que recibiera mi carta. El correo era tan lento, y usted continuó olvidándose de enviarme su número de teléfono, así que pensé en visitarle personalmente y conversar acerca de todas las posibilidades publicitarias que se abren para nosotros. Sé que no está realmente interesado en aceptar ninguna de ellas, pero estoy segura que una vez que le explique las ventajas lo reconsiderará.
Edward contempló sus amplios labios, sonrientes durante un momento hipnotizado; entonces se sacudió. ¿Reconsiderar? ¿Era eso lo qué quería? Bien, era bastante fácil. Lo reconsideró. Era una tarea rápida.— No.
Cerró su puerta.
* * * * *
Bella contempló el sólido panel de madera donde la cara de Edward Cullen había estado y había luchado para no gritar de furia. El hombre era el más difícil, molesto, grosero, desagradable, —golpeó la puerta— ignorante, testarudo...
La puerta se abrió, y Bella rápidamente plantó una visiblemente falsa pero ancha —ella debería recibir altas calificaciones por el esfuerzo— sonrisa. La sonrisa casi resbaló cuando lo miró. No había tenido realmente la oportunidad antes. Un segundo antes, había estado demasiado ocupada tratando de recordar el discurso que había hecho y memorizado en el vuelo hasta ahí; ahora no tenía un discurso preparado —no tenía realmente ni una pista de lo que decir— y entonces se encontró realmente mirando a Edward Cullen. El hombre era mucho más joven de lo que había esperado. Bella sabía que él había escrito para Angel durante unos buenos diez años antes de que ella hubiera asumido su trabajo con él, ni siquiera parecía tener más de treinta y dos o treinta y tres años. Lo que significaba que había estado escribiendo profesionalmente desde principios de los veinte años.
También era enormemente atractivo. Su pelo era rubio cobrizo, sus ojos verde esmeralda que casi parecían reflejar la luz del pórtico, sus rasgos agudos y fuertes. Era alto y sorprendentemente musculoso para un hombre con una carrera tan sedentaria. Sus hombros atestiguaban más a un trabajador que a un intelectual. Kate no podía menos que sentirse impresionada. Incluso el ceño sobre su cara no quitaba mérito a su belleza.
Sin ningún esfuerzo de su parte, la sonrisa en la cara de Bella ganó algo de calor y dijo:— Soy yo otra vez. No he comido aún, y pensé que quizás se uniría a mí para comer y podríamos intercambiar opiniones
— No. Por favor quítese de mi pórtico. —Entonces Edward Cullen cerró la puerta una vez más.
— Bien, fue más que solamente un "No" —Refunfuñó Bella para sí misma.— Fue incluso una frase entera, realmente. —Algo optimista, se decidió a tomarlo como un progreso.
Levantando la mano, golpeó la puerta otra vez. Su sonrisa fue algo maltrecha, pero estaba todavía en su lugar cuando la puerta se abrió por tercera vez. El Sr. Cullen reapareció, la miró menos complacido por encontrarla todavía allí. Esta vez, no habló, simplemente arqueó una ceja en pregunta.
Bella supuso que decir una oración entera sería todo un progreso, él volvió a estar en completo silencio tenía que ser lo opuesto pero determinó no pensar en eso. Tratando de hacer su sonrisa un poco más calurosa, despejó su garganta y dijo:— Si no le gusta comer fuera de casa, quizá podría encargar algo y...
— No. —Él comenzó a cerrar la puerta otra vez, pero Bella no había vivido en Nueva York cinco años sin aprender un truco o dos. Ella rápidamente avanzó pegando su pie, logrando no estremecerse cuando la puerta tropezó con él y saltó hacia atrás abriéndola.
Antes de que el señor Cullen pudiera hacer algún comentario sobre su táctica guerrillera, dijo:— Si no le gusta algo encargado, quizá podría tomar algunos comestibles y le cocinaría algo que le guste. —Añadiendo.— Así podríamos discutir sus miedos, y podría aliviarlos.
Él se puso rígido de sorpresa por su intervención.— No tengo miedo. —Dijo él.
— Ya veo. - Bella permitió que una sana dosis de duda se arrastrase en su voz, más que complacida a inclinarse por la manipulación si era necesario. Entonces esperó, de pie todavía en el lugar, deseando que su desesperación no se notara, ya que sabía que su fachada tranquila comenzaba a resquebrajarse.
El hombre frunció sus labios y tomó tiempo en considerarlo. Su expresión hizo sospechar a Kate que la medía para un ataúd, como si considerase matarla y enterrarla en su huerto, para sacarla del pelo. Hizo un intento para no pensar demasiado en esa posibilidad. A pesar de haber trabajado con él durante años como asistente de Angel, y ahora casi un año como su editora, Bella no lo conocía muy bien. En sus momentos menos caritativos, había considerado sólo qué tipo de hombre podría ser. La mayor parte de sus escritores románicos eran mujeres. De hecho, cada escritor bajo su cuidado era mujer. Edward Cullen , quién escribía como Luke Pant, era el único hombre. ¿Qué clase de individuo escribía sobre romances? ¿Y escribía romances de vampiro, si estamos en ello? Había decidido que debía ser alguien optimista... o alguien extraño. Su expresión por el momento le hacía inclinarse hacia extraño. El tipo extraño de asesino en serie.
— Usted no tiene ninguna intención de marcharse, ¿verdad? —Preguntó él por fin.
Bella consideró la pregunta. Con un firme “No" conseguiría probablemente entrar. ¿Pero era lo que quería? ¿La mataría el hombre? ¿Sería un titular en las noticias del día siguiente si entraba realmente por esa puerta?
Cortando tales pensamientos improductivos y atemorizantes, Kate enderezó sus hombros y anunció firmemente:— Sr. Cullen, volé hasta aquí desde Nueva York. Esto es importante para mí. Estoy determinada a hablar con usted. Soy su editora. —Ella enfatizó la última palabra por si él hubiera omitido la importancia de aquel hecho. Esto por lo general tenía una cierta influencia con los escritores, aunque Cullen no hubiera mostrado ningún signo de sentirse impresionado hasta ahora.
Ella no supo qué más decir después de eso, así que Bella simplemente se quedó esperando una respuesta que nunca llegó. Con un profundo suspiro, Cullen simplemente se dio media vuelta y se puso en marcha por su oscuro vestíbulo.
Bella miró fijamente incierta su retirada Él no había dado un portazo en su cara esta vez. Era un buen signo, ¿verdad? ¿Era una invitación para entrar? Decidiendo que la iba a la tomar como una, Bella levantó su maleta pequeña y su saco de noche y caminó hacia adentro. Era una tarde de finales del verano, más fresca de lo que había estado más temprano por el día, pero todavía calurosa. En contraste, entrar en la casa fue como entrar en un refrigerador. Bella automáticamente cerró la puerta detrás de ella para impedir que el aire fresco escapase, luego hizo una pausa para permitir que sus ojos se adaptaran.
El interior de la casa estaba oscuro. Edward Cullen no se había molestado en encender ninguna luz. Bella no podía ver nada exceptuando un cuadrado de luz tenue perfilando lo que parecía ser una puerta al final del largo vestíbulo en el cual estaba parada. Ella no estaba segura de qué era esa luz; era demasiado gris y oscura para ser una instalación fija aérea. Kate no estaba segura que si yendo hacia esa luz se encontraría al lado de Edward Cullen , pero era el único foco de luz que podía ver, y que estaba realmente segura que estuviese en la dirección que él había tomado alejándose.
Dejando sus bolsos en la puerta, Bella comenzó a avanzar con cuidado, dirigiéndose al cuadrado de luz, que repentinamente parecía bastante lejano. Ella no tenía idea si el camino estaba claro o no, —realmente no había mirado alrededor antes de cerrar la puerta— pero esperó que no hubiese ninguna cosa con la que tropezarse inesperadamente a lo largo del camino. Si lo hubiese, entonces seguramente lo encontraría.
Edward hizo una pausa en el centro de su cocina y miró detenidamente alrededor con la iluminación de la luz de la noche. No estaba realmente seguro de qué hacer. Él nunca tenía invitados, o al menos no los había tenido durante cien años. ¿Qué hizo con ellos, exactamente? Después de un debate interior, se movió hacia la estufa, agarró la tetera que estaba en el quemador, y la llevó hacia el fregadero para llenarla de agua. Después de colocarla en la estufa y hacer girar el dial para encenderla, encontró una taza, algunas bolsitas de té y una azucarera llena. Él colocó todo fortuitamente en una bandeja.
Le ofrecería a Bella Swan una taza de té. Una vez que eso estuviera hecho, lo estaría también ella.
El hambre le atrajo hacia el refrigerador. La luz se derramó hacia fuera en el cuarto cuando abrió la puerta, le hizo parpadear después de la oscuridad anterior. Una vez que sus ojos se adaptaron, se dobló para recoger una de las dos bolsas de sangre en el estante del medio. Aparte de esas bolsas, no había nada adentro. La caja blanca cavernosa estaba vacía. Edward no ocupaba mucho la cocinar. Su nevera llevaba bastante tiempo vacía desde que su última ama de llaves murió.
Él no perdió el tiempo con un vaso. En cambio, todavía doblado ante la nevera, levantó la bolsa de sangre a su boca y clavó sus colmillos en ella. El fresco elixir de la vida inmediatamente comenzó a entrar a raudales en su sistema, quitándole algo de su irritabilidad. Edward nunca estaba tan molesto como cuando sus niveles de sangre estaban bajos.
— ¿Sr. Cullen?
Él avanzó dando tumbos ante la sorpresa de esa pregunta en la entrada. La acción desgarró la bolsa que sostenía, enviando el fluido carmesí rociando hacia fuera por todas partes en él. Salió a presión en chorritos en un chorro sobre su cara y en su pelo cuando instintivamente se enderezó y se dio un golpe en la cabeza con la parte inferior del compartimiento cerrado del congelador. Maldiciendo, Edward dejó caer la bolsa arruinada en el estante del refrigerador y agarró su cabeza con una mano, cerrando de un golpe la puerta de la nevera con la otra.
Bella se apresuró a ir a su lado.
— ¡Oh, Madre mía! ¡Oh! ¡Lo siento tanto! ¡Oh! —Chilló cuando vio la sangre que cubría su cara y su pelo.— ¡Oh, Dios mío! Se ha cortado la cabeza. ¡Qué calamidad.!
Edward no había visto una expresión de tal horror en la cara de alguien desde los antiguos buenos días cuando el almuerzo significaba meter los dientes en un agradable y caliente cuello en vez de una bolsa repugnantemente fría.
Pareciendo recobrar algo sus sentidos, Bella Swan agarró su brazo y lo tiró hacia la mesa de la cocina.— Debería sentarse. Sangra mucho.
— Estoy bien. —Refunfuñó cuando ella lo colocó en una silla. Encontró su preocupación bastante molesta. Si era demasiada agradable con él, entonces podría sentir que tendría que serlo con ella.
— ¿Dónde está su teléfono? —Ella estaba girando sobre los tacones, escudriñando la cocina buscando el artículo en cuestión.
— ¿Por qué quiere un teléfono? —Preguntó él esperanzadoramente.
Quizá le dejaría solo ahora, pensó brevemente, pero su respuesta rechazó aquella posibilidad.
— Para llamar a una ambulancia. Realmente se hizo daño.
Su expresión se hizo más afligida cuando lo miró otra vez, y se Edward encontró echando un vistazo a su parte delantera. Había bastante sangre en su camisa, y podía sentirla fluyendo hacia abajo por su cara. Él también podía olerla aguda y rica con alusiones de estaño. Sin pensar, deslizó su lengua hacia fuera para lamer sus labios. Entonces lo que ella había dicho resbaló en su mente, y se enderezó repentinamente. Mientras era conveniente que pensara que la sangre era de una herida, no había manera de que fuese a un hospital.
— Estoy bien. No necesito ayuda médica. —Anunció él firmemente.
— ¿Qué? —Ella le miró fijamente con incredulidad.— ¡Hay sangre en todas partes! Realmente te hiciste daño.
— Las heridas en la cabeza sangran bastante. —Él hizo un gesto desdeñoso, luego se levantó y se acercó al fregadero para enjuagarse. Si no se lavaba rápidamente, entonces iba a impresionar a la mujer lamiendo la sangre desde sus manos a los codos. Lo poco que había logrado consumir antes de que lo asustara había aliviado apenas un poco su hambre.
— Las heridas en la cabeza pueden sangrar bastante, pero esto es...
Edward dio un salto cuando Kate repentinamente estuvo a su lado y agarró su cabeza. Él estaba tan sorprendido que se impulsó hacia ella... hasta que ella dijo:— No puedo ver...
Él se enderezó en el momento que se dio cuenta de lo que ella hacía, luego rápidamente se inclinó sobre el fregadero para poner la cabeza bajo el grifo, así no podría alcanzar su cabeza otra vez y ver que no había ninguna herida.
— Estoy bien. Coagulo rápidamente. —Dijo él cuando el agua fría salpicó su cabeza y mojó su cara.
Bella Swan no tuvo respuesta para eso, pero Edward la podía sentir de pie detrás suyo. Luego se movió a su lado, y sintió su cuerpo caliente contra él cuando se dobló al intentar examinar de nuevo su cabeza.
Por un momento, Edward se sintió perverso. Era terriblemente consciente de su cuerpo tan cerca, del calor que emanaba fuera de ella, de su dulce aroma. En ese momento, su hambre se volvió confusa. No era el olor de la sangre que palpitaba en sus venas lo que llenó sus fosas nasales, era un olorcillo de especies y flores y su propio olor personal. Llenó su cabeza, nublándole los pensamientos. Entonces se dio cuenta que sus manos se movían por su pelo bajo el grifo, buscando una herida que no encontraría, y se movió con fuerza hacia arriba intentando apartarse de ella. El grifo frustró su tentativa con esmero golpeándolo detrás de su cabeza. El dolor rompió a través de él, y el agua salió a presión en chorritos por todas partes, haciendo a Bella retroceder con un chillido.
Maldiciendo, Edward salió debajo del grifo e intentó agarrar la primera cosa que encontró; un paño de cocina. Se lo enrolló alrededor de su cabeza mojada, se enderezó, luego señaló la puerta.— Salga de mi cocina. ¡Fuera !
Bella Swan parpadeó por la sorpresa cuando volvió su genio anterior, luego pareció crecer un centímetro en altura cuando se enderezó. Su voz era firme cuando dijo:— Necesitas un médico.
— No.
Sus ojos se estrecharon.— ¿Es la única palabra que sabes?
— No.
Ella levantó sus manos en el aire, luego las dejó caer tan rápido como las levantó, pareciendo relajarse. Edward se encontró cauteloso.
Bella Swan sonrió y se movió para acabarse de hacer el té que él había comenzado.— Eso lo decide, entonces. —Dijo.
— ¿Decidir qué? —Preguntó Edward, mirando con recelo cuando ella lanzó las dos bolsas de té en la tetera y vertió agua caliente sobre ellos.
Bella se encogió de hombros suavemente y detuvo la tetera.— Había intentado hablarle, luego, esta noche, más tarde averiguar sobre un hotel. Sin embargo, ahora que te has lastimado y te rehúsas a ir al hospital... —Ella dio vuelta al té que remojaba para levantar una ceja.— ¿No lo reconsiderarás?
— No.
Ella inclinó la cabeza y cambió de dirección para poner la tapa otra vez en la tetera. El tintineo que hizo tuvo un sonido raramente satisfecho de una manera extraña cuando ella explicó:— No te puedo dejar solo después de tal lesión. Las heridas en la cabeza son complicadas. Supongo que tendré que quedarme aquí.
Edward abrió su boca para dejarle saber que con toda seguridad no se quedaría allí, cuándo ella se movió hacia el refrigerador y preguntó:— ¿Tomas leche?
Al recordar la bolsa de sangre desgarrada abierta en el refrigerador, corrió a toda velocidad y se tiró salvajemente delante de ella.— ¡No!
Ella lo contempló, boquiabierta, hasta que él se percató que estaba de pie ante la puerta del frigorífico con sus brazos extendidos en una postura que infundía pánico. Inmediatamente cambió para apoyarse contra el, los brazos y tobillos cruzados en una posición que esperó pareciera más natural. Luego la fulminó con la mirada. Tuvo como consecuencia hacerla cerrar su boca; luego ella dijo inciertamente:— Oh. Bueno, yo lo hago. Si tienes algo...
— No.
Ella inclinó la cabeza lentamente, pero la preocupación realmente llenó su cara y levantó una mano para colocarla suave y caliente contra su frente como si lo revisara en busca de fiebre. Edward inspiró su aroma y sintió que su postura se relajaba algo.
— ¿Estás seguro de que no quieres ir al hospital? —Preguntó Kate— Actúas de un modo raro y las heridas en la cabeza realmente no son algo para bromear
— No.
Edward se alarmó cuando oyó qué su voz se había vuelto tan baja. Estuvo aun más preocupado cuando Bella sonrió y preguntó en broma:— Ahora, ¿por qué no estoy sorprendida por esa respuesta?
Para su consternación, casi sonrió. Corrigiéndose, frunció el ceño más duramente en lugar de eso y se recriminó a sí mismo por su debilidad momentánea. Bella, editora, podría estar siendo agradable con él ahora mismo, pero eso era porque quería algo de él. Y haría bien en recordar eso.
— Bien, vamos, entonces.
Edward terminó su distracción para notar que su editora había recogido la bandeja del té y se movía hacia la puerta de la cocina.
— Deberíamos trasladarnos a la sala de estar, donde puedes sentarte un poco. Realmente te diste un buen golpe. —Agregó ella cuando empujó la puerta giratoria con una cadera.
Edward dio un paso detrás de ella, luego se detuvo brevemente para echar un vistazo atrás al frigorífico, pensando en la bolsa llena de sangre de dentro. Era la última hasta la entrega fresca de mañana por la noche. Estaba terriblemente hambriento, casi a punto de desmayarse por eso. Que era sin duda la razón de su debilidad ante la apisonadora Bella Swan. Quizás solamente un sorbo lo reforzaría para la conversación que vendría. Él alcanzó la puerta.
— ¿Edward?
Él se puso rígido con esa llamada. ¿Cuándo había dejado de dirigirse a él como Señor Cullen? ¿Y por qué sonaba su nombre en sus labios tan erótico? Realmente necesitaba alimentarse. Él tiró la puerta del frigorífico y alcanzó la bolsa.
— ¿Edward? —Había preocupación en su voz esta vez, y sonó más cerca. Ella debía estar regresando. Sin duda temía que se hubiese desmayado por la lesión.
Soltó un murmullo de frustración y cerró la puerta del frigorífico. Lo último que necesitaba era otro debacle de como echarse sangre por todas partes encima de él. Eso ya le había causado problemas interminables, como el hecho que la mujer ahora tenía intención de quedarse con él. Había pensado rechazar la idea de inmediato, pero se había distraído cuando la señorita Swan se había acercado al frigorífico. ¡Maldición!
Bien, arreglaría ese asunto a la primera oportunidad. Estaría condenado si la dejaba quedarse y sermonearlo acerca de toda esta tontería publicitaria. Eso era. Él sería firme. Cruel, si era necesario. Ella no se quedaría ahí.
* * * * *
Edward trató de deshacerse de ella, pero Bella Swan parecía más bien un bulldog cuando tomaba una decisión acerca de algo. No, un bulldog era la imagen equivocada. Un terrier quizá. Sí, era más feliz con esa comparación. Un terrier castaño hermoso colgando completamente de su brazo, sus dientes hundidos resueltamente en el puño de su camisa y rehusándose a soltarlo. Salvo que lo embistiera contra la pared un par de veces, realmente no tenía idea cómo soltar sus mandíbulas de él.
Esta era la situación por supuesto. A pesar de haber vivido varios cientos de años, Edward había pasado por alto toparse con cualquier cosa de ese tipo. En su experiencia, las personas eran una molestia y nunca dejaban de traer caos con ellas. Las mujeres especialmente. Él siempre había sido un imbécil ante una damisela en apuros. No podría relatar cuántas veces se había encontrado tropezando accidentalmente con una mujer con problemas y repentinamente encontrando que su vida entera era un caos mientras se enfrentaba a una batalla, un duelo, o una guerra por ella. Por supuesto, siempre ganó y salvó la situación. De todos modos, en cierta forma nunca consiguió a la mujer. Al final, todos sus esfuerzos y agitaciones en su vida le dejaron mirando a la mujer alejarse con alguien más.
Esa no era la situación aquí. Bella Swan, editora, no era una damisela en apuros. De hecho, aparentemente le veía a él en apuros. Ella se quedaba "por su bien." Ella le salvaba, pensaba, y pretendía "despertarlo cada hora después que se acostaran," para salvarlo de su propia insensatez por rechazar ir al médico. Ella hizo ese anuncio en el momento que se sentaron en su sala de estar, luego tranquilamente empezó a remover las bolsitas de té y a verterlo mientras la miraba boquiabierto.
Edward no necesitaba su ayuda. No se había golpeado realmente la cabeza con fuerza, y aun si lo hubiese hecho, su cuerpo se habría recuperado rápidamente. Pero no era algo que podría decirle a la mujer. Al final, simplemente dijo, con toda la severidad y firmeza que podía reunir— No deseo su ayuda, señorita Swan. Puedo cuidarme yo mismo.
Ella inclinó la cabeza tranquilamente, sorbió su té, luego sonrió agradablemente y dijo— Tomaría el comentario más enserio si en este momento no trajera puesto un paño de cocina, bonito pero manchado de sangre y florido sobre su cabeza... estilo turbante.
Edward se tocó alarmado, sólo para sentir el paño de cocina que se había olvidado que estaba envuelto alrededor de su cabeza. Cuando comenzó a desenredarlo, Kate agregó— No te lo quites por mí. Se ve bastante adorable en ti y te hace ver mucho menos intimidante.
Edward gruñó. Se arrancó el florido paño de cocina.
— ¿Qué fue eso? —Preguntó su editora, con los ojos abiertos de para en par— Gruñiste.
— No lo hice.
— Lo hiciste. —Ella estaba sonriendo abierta y ampliamente, pareciendo muy contenta— Oh, ustedes los hombres son tan lindos.
Edward supo entonces que la batalla estaba perdida. No habría discusión que le hiciera a ella salir de ahí.
Quizá controlando su mente...
Era una habilidad que procuraba evitar usar por regla general, y no la había ejercitado en bastante tiempo. Normalmente no era necesario, desde que la familia había decidido utilizar un banco de sangre para alimentarse en vez de cazar. Pero esta ocasión claramente lo pedía.
Cuando él observó a Bella sorber su té, trató de entrar en sus pensamientos para poder asumir el control de ellos. Él estaba más que impresionado por encontrar sólo una pared en blanco.
La mente de Bella Swan era tan inaccesible para él como una puerta cerrada con candado. De todos modos, continuó probando por varios momentos, su falta de éxito era más alarmante de lo que habría esperado.
Él no se rindió hasta que ella rompió el silencio trayendo a colación su razón para estar allí— Quizá ahora podríamos discutir el viaje para firmar libros.
Edward reaccionó como si lo hubiese pinchado con un hierro caliente. Desistió de controlar su mente y hacerla irse, se levantó.— Hay tres cuartos de huéspedes. Están arriba, los tres a la izquierda. Mi cuarto y mi oficina están a la derecha. Permanezca fuera de ellos. Elija cualquiera de los cuartos de huéspedes.
Luego se retiró del campo de batalla a toda prisa, regresando rápidamente a la cocina.
La podría aguantar por una noche, se dijo. Después que la noche terminara y se tranquilizara viendo que estaba bien, se marcharía. Él se encargaría de eso.
Haciendo un intento para no recordar que había estado tan decidido y seguro acerca de expulsarla después de que terminara su té, tomo un vaso y la última bolsa de sangre del refrigerador. Luego caminó hacia el fregadero para servirse algo de comida. Probablemente podría tomarse una taza rápida mientras la señorita Bella Swan se ocupaba de escoger un cuarto.
Él había pensado mal. Edward acababa de comenzar a verter la sangre de la bolsa en el vaso cuando la puerta de la cocina se abrió detrás de él.
— ¿Conoces alguna tienda de comestibles que abra toda la noche en la ciudad?
Dejando caer el vaso y la bolsa, Edward giró rápidamente para confrontarla, estremeciéndose cuando el vaso se rompió en el fregadero.
— Lo siento, no tenía la intención de asustarte, yo... —Ella hizo una pausa cuando él levantó una mano para detenerla.
— Sólo... —empezó, luego terminó cansadamente— ¿Qué preguntabas?
Él realmente no podía escuchar su pregunta. El dulce, metálico olor de la sangre parecía destacarse en el aire, aunque dudó que Bella lo pudiese oler desde donde estaba a través del cuarto. Era molesto, y aún más molesto fue el sonido que hacia la bolsa al vaciarse y se la tragaba el fregadero. Su comida. Su última bolsa.
¡Su mente gritaba NO! Su cuerpo se acalambraba en señal de protesta. Sin hacer caso a las palabras de Bella que sonaban a "Blah blah blah" cuando fue hacia su vacío frigorífico y miraba el interior con atención. Edward no se tomó la molestia de detenerla esta vez. Aparte de la sangre anterior, estaba completamente vacío. Sin embargo, realmente trató de concentrarse en lo que decía, esperando que cuanto antes respondiese a su pregunta, antes podría salvar su comida. Por mucho que lo intentó, sin embargo, realmente sólo atrapaba una palabra aquí y allá.
— Blah blah .... no he comido desde el desayuno. Blah blah .... realmente no tiene nada aquí. ¿Blah blah blah…. compras?
El último coro de blahs terminó en una nota alta, alertando a Edward que le había hecho una pregunta. Él no estaba seguro de cual había sido la pregunta, pero podía sospechar que un no probablemente provocaría una discusión.
— Sí. —Balbuceó él, esperando librarse de la obstinada mujer. Para su alivio, la respuesta la complació y caminó de regreso a la puerta del vestíbulo.
— Blah blah blah… escogí mi cuarto.
Él casi podía saborear la sangre, su olor era tan pesado en el aire.
— Blah blah lo transformé en algo más confortable.
Él se moría de hambre.
— Blah blah vuelvo en seguida y nos podremos ir.
La puerta se cerró detrás de ella, y Edward se movió rápidamente de regreso al fregadero. Gimió. La bolsa estaba casi completamente seca. Lisa. Casi. Estando algo desesperado, la recogió, lo volcó sobre su boca y apretó, tratando de escurrir las últimas gotas. Él atrapó exactamente tres antes de desistir y lanzar la bolsa a la basura con repugnancia. Si había tenido cualquier duda antes, no la tuvo ahora. Sin duda, Bella Swan iba a hacer de su vida un infierno hasta que se marchara. Él solamente lo supo.
¿Y en qué diablos había estado de acuerdo de todos modos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario