Capitulo 2
— ¡DE COMPRAS!
Bella se rió del disgustado rezongo de Edward cuando entraron en la tienda de 24 horas. Lo había estado repitiendo cada pocos minutos desde que habían salido de casa. En un primer momento dijo la palabra como si no pudiera creer que hubiera estado de acuerdo en ir. Después, mientras conducía su BMW, esa consternación se fue convirtiendo en disgusto. ¡Cualquiera pensaría que era la primera vez que el hombre iba a comprar comida a un supermercado! Aunque a juzgar por lo vacíos que estaban los armarios de su cocina, Bella supuso que así era. Y cuando ella le había comentado la ausencia de comida que había en su casa, él se había limitado a mascullar que todavía no había encontrado sustituta para su ama de llaves. Bella supuso que eso significaba que el comía fuera de casa la mayoría de las veces.
No se había molestado en preguntar que había pasado con su anterior ama de llaves. Su carácter era suficiente respuesta. Seguramente la mujer había terminado por irse ya harta. La misma Bella había estado a punto, varias veces, de hacer lo mismo.
Ella le dirigió hacia las filas de carros vacíos. Cuando fue a sacar uno, Edward dijo gruñendo, algo que podría haber sido “permíteme,” pero fácilmente podría haber sido también “demonios, quita de en medio.” Después de ese exabrupto tomo el control de la situación.
Según la experiencia de Bella, los hombres siempre querían conducir, ya fuera un coche, un carrito de golf o un carrito de la compra. Sospechaba que era una cuestión de control, pero de cualquier manera, eso significaba que ella estaba en libertad de llenar el carro de materia prima.
Comenzó haciendo una lista mental de lo que tenían que coger, mientras se dirigían hacía la sección láctea. Estaba segura de que tendría que coger grandes cantidades de frutas y verduras para Edward. El hombre era fuerte y musculoso, pero se le veía también muy pálido. Parecía obvio para ella que estaba necesitado de frescas y jugosas verduras.
Tal vez las verduras mejoraran también su humor.
Edward necesitaba sangre. Ese era su único pensamiento repetitivo mientras seguía a Bella Swan a través de la sección láctea, la de congelados, y por el pasillo del café. El carro se estaba llenando rápidamente hasta los bordes. Bella había metido en el carro diversos yogures, quesos, huevos y una tonelada de paquetes de comidas congeladas. Ahora estaba detenida en el pasillo del café, mirando los diferentes paquetes antes de girarse y preguntarle.— ¿Qué marcas prefieres?
Él se la quedó mirando con los ojos en blanco.— ¿Marca?
— De café. ¿Qué marca sueles tomar normalmente?
Edward se encogió de hombros mientras decía.
— No bebo café.
— Oh, Té, ¿entonces?
— No bebo té.
— Entonces que.... —Inquirió entrecerrando los ojos.— ¿Chocolate caliente, Expreso, Capuchino? —Cuando él siguió negando con la cabeza después de cada una de sus sugerencias, le preguntó con exasperación.— Bueno, ¿entonces que bebes? ¿Kool-Aid?
Una risilla disimulada de diversión llamó la atención de Edward sobre una regordeta y joven mujer que se acercaba por el pasillo hacia ellos. Era la primera compradora con la que se habían cruzado desde que habían llegado a la tienda. Entre las debacles de las bolsas de sangre, el té en el salón, y el tiempo que había tardado Bella en cambiarse, era ya cerca de la medianoche. La tienda no estaba muy llena a esas intempestivas horas.
Ahora que su risa había captado la atención de Edward, la compradora agitó las pestañas hacia él, encontrándose Edward devolviéndole la sonrisa y con la mirada fija en el pulso de la base de su garganta. Se imaginó hundiendo sus colmillos allí y extrayendo la dulce y caliente sangre de ella. Era su tipo de mujer favorita para beber. Mujeres rellenitas, rosadas. Eran las que siempre tenían la mejor sangre, la más sustanciosa. Espesa, embriagadora y...
— ¿Sr. Cullen? ¡Tierra llamando a Edward!
Las maravillosas imágenes que estaban evocando desparecieron. Devolvió la atención a regañadientes a su editora.— ¿Sí?
— ¿Qué te gusta beber? —Repitió.
Él volvió la vista atrás hacia la compradora.— Er.... el café va bien.
— Dijiste que no bebías caf.... Olvídalo. ¿Qué marca?
Edward examinó las distintas opciones. Sus ojos se fijaron en una lata rojo oscuro con el nombre Tim Hortons. Siempre había creído que era una tienda de donuts o algo por el estilo Aún así, era el único nombre que reconocía, así que esa fue la que señaló.
— La más caro, como no. —Masculló Bella, mientras cogía una lata del fino café molido.
Edward no había advertido el precio.— Deja de quejarte. Yo soy quien va a pagar las compras.
— No. Dije que yo pagaría y es lo que haré.
¿Había dicho que ella pagaría cuando habló de ir a comprar? Se preguntó él. No se acordaba; en ese momento no estaba prestando mucha atención. Tenía la cabeza en otras cosas, como el chorro de sangre debajo del fregadero y no dentro de su deshidratada garganta.
Su mirada regresó a la vena que seguía latiendo en el cuello de la compradora. Imaginó que debía de parecer un hombre muerto de hambre observando un buffet que pasaba rodando a su lado. Se sentía tentado de tirarse sobre él...., mucho más agradables que todas esas bolsas de comida congelada que él y su familia se habían visto obligados a ingerir. No se había dado cuenta de lo que echaba de menos la antigua forma de alimentarse.
— ¿Edward? —Había un deje de irritación en la voz de Bella Swan, lo cual le hizo devolverle la mirada con ceño cuando se giró hacia ella. No estaba donde la había visto por última vez, pero aunque había seguido caminando a lo largo del pasillo, le estaba esperando. Le lanzó una mirada molesta, lo cual a su vez le molestó a él. ¿Por qué motivo tenía que estar ella irritada? No era ella la que se estaba muriendo de hambre.
Entonces tuvo un vago recuerdo de ella diciendo que no había tomado nada desde el desayuno, y él supuso que también estaría hambrienta y por consiguiente con el mismo derecho que él a estar gruñona. Lo cual fue una admisión que se hizo a si mismo a regañadientes.
— Pagare yo. —Anunció él con firmeza empujando el carro hacia delante.— Tú eres una invitada en mi casa. Te alimentare —Qué es lo opuesto de alimentarme de ti, pensó él, que era lo que más deseaba. Bueno, no lo que más deseaba. En cambio se alimentaría de la morena regordeta y pequeña que estaba detrás de él. Siempre había encontrado la sangre de las delgadas criaturas como Bella Swan demasiado insustancial. La sangre de las chicas regordetas era mejor, más sabrosa, más intensa, con más cuerpo.
Por supuesto, no podía alimentarse de cualquiera. Era demasiado peligroso hoy en día, y aunque por si mismo estaba dispuesto a arriesgarse, no estaba dispuesto a arriesgar la seguridad de su familia por unos pocos momentos de placer culinario.
Eso no quería decir que no pudiera soñar con ello, sin embargo se paso los siguientes momentos siendo arrastrado por Bella a través de los pasillos de conservas y de ropa de confección, asintiendo distraídamente a todo lo que le decía ella mientras él recordaba con cariño las comidas que había disfrutado en el pasado.
— ¿Te gusta la comida mexicana? —Preguntó ella.
— Oh, sí. —Murmuró él, evocando la pregunta a una pequeña y vivaz chica mejicana con quien él se había deleitado en Tampico. Ella había sido un pequeño y sabroso bocado. Caliente y aromática en sus brazos, con sus pequeños gemidos surgiendo de su garganta mientras él se zambullía en su cuerpo y clavaba sus dientes en su.... ¡Oh, sí!. La alimentación podía ser una experiencia con mucho cuerpo.
— ¿Y la italiana?
— La italiana también esta deliciosa. —Dijo él, recordando una agradable pequeña campesina de la Costa de Amalfi. Esa había sido la primera vez que se había alimentado por si mismo. Un hombre siempre recuerda su primera vez. Y justamente el recuerdo de la dulce y pequeña Maria hizo que le subiera la temperatura. Sus profundos y oscuros ojos, y su largo y ondulado cabello del color de la medianoche. Recordaba haber enredado sus manos en ese pelo y el gemido de profundo placer que ella había exhalado en su oído cuando él había tomado su virginidad y su sangre al mismo tiempo. Verdaderamente, había sido una experiencia dulce y memorable.
— ¿Te gustan los bistec?
Edward fue una vez más sacado de sus pensamientos, esta vez por un pedazo de carne cruda puesto de golpe bajo su nariz, interrumpiendo sus agradables recuerdos. Era un bistec, grande y jugoso, y pensó que normalmente prefería la sangre humana, incluso las frías bolsas de sangre humana mezclada con sangre bovina, pero en ese momento incluso el bistec remojado en sangre olía bien. Se encontró inhalando profundamente y dejando escapar la respiración en un lento suspiro.
El paquete fue apartado bruscamente.
— ¿O prefieres carne blanca?
— Oh, no, no, no. Mejor carne roja. —Se acercó al mueble expositor de la carne al que ella le había conducido y se puso a mirar con atención, por primera vez con un interés real desde que había entrado en el supermercado. Siempre había sido un hombre de carne con patatas. Carne poco hecha, por norma.
— Carnívoro, tomo nota. —Comentó Bella secamente cuando el trató de alcanzar un paquete de carne particularmente ensangrentado. La sangre goteaba del filete, y él casi se relamió los labios. Luego, asustado de lo que podría hacer en su estado actual, algo como lamer el paquete, se alejo del expositor dejando el paquete en el. Agarrando el carro, empezó a empujarlo a lo largo del pasillo, esperando pasar a una sección menos tentadora.
— Espera. —Grito Bella, pero Edward siguió caminando, casi gimiendo cuando ella se acercó casi corriendo con varios paquetes de bistecs en sus brazos que dejó caer en el carro.
¡Genial! Ahora la tentación iría con él. Realmente necesitaba alimentarse. Tenía que contactar con Jacob o Emmet y pedirles prestada alguna bolsa de sangre. Quizás podría hacer un parada rápida donde Jacob de camino a casa. Podría dejar a la inquebrantable Bella Swan, en el coche con las compras, entrar corriendo, tragar un poco de alimento y....
¡Dios mío! ¡Sonaba como un drogadicto!
— Las frutas y las verduras son lo próximo, creó. —Dijo Bella desde detrás suyo— Tienes obviamente una seria necesidad de vitaminas. ¿Has considerado alguna vez ir a un salón de bronceado?
— No puedo. Tengo un aaaah..., er, enfermedad de la piel. Y también soy alérgico al sol.
— Eso tiene que hacer la vida difícil a veces. —Comentó ella. Mirándole fijamente con los ojos muy abiertos, le preguntó— ¿Es ese el motivo por el que pones tantas dificultades con respecto a las firmas y otros tipos de promociones?
Él se encogió de hombros. Y cuando Bella empezó a coger todo tipo de cosas verdes, hizo una mueca. En su defensa, cogió un paquete de diez quilos de patatas para llenar el carro, pero éste pronto estuvo cubierto de verde: pequeñas cosas redondas verdes, grandes cosas redondas verdes, largos tallos verdes. ¡Dios mío, la mujer tenía algún tipo de fetichismo con el verde!
Edward empezó a mover el carro a lo largo del pasillo con un poco más de rapidez, obligando a Bella a apresurarse cuando vio que comenzaba a echar en el carro cosas de otros colores. Verduras naranjas, rojas y amarillas cayeron dentro del carro y fueron seguidos por frutas naranjas, rojas y púrpuras antes de que Edward consiguiera obligarla a ir a la caja registradora.
En el momento en que él paró el carro, Bella comenzó a echar cosas sobre la cinta transportadora. Él la miraba distraídamente cuando la compradora regordeta empujó su carro detrás de ellos. Sonrió y agitó sus pestañas de nuevo, después le hizo un pequeño saludo. Edward volvió a sonreír, su mirada de nuevo fija en el pulso palpitante de su cuello. Prácticamente podía oír el golpeteo rítmico de su corazón, el movimiento de su sangre por sus venas, el...
— ¿Edward? señor. Cullen, ¿donde se ha ido?
Deteniéndose, Edward parpadeo, percatándose al haberle llamado Bella, que había comenzado a seguir a la regordeta compradora como un caballo siguiendo la zanahoria que le ponen delante. Su posible cena volvió a mirar sobre sus hombros y a sonreír antes de desaparecer en el pasillo de los alimentos congelados. Edward partió en su busca diciendo:
— Helados, olvidamos los helados.
— ¿Helados? —Oyó la confusión en la voz de Bella, pero no pudo detenerse para darle la contestación que deseaba. Se apresuró hacia el pasillo de los congelados solo para encontrarse allí a otro comprador además de su deliciosa regordeta. ¡No se habían cruzado con nadie más durante el tiempo que habían estado en el supermercado, pero ahora tenía que aparecer otro, poniéndole dificultades a dar un mordisco rápido! Suspirando, se acercó a la sección de los helados, echando un vistazo a las distintas opciones. Chocolate, cereza, crocantes.
Regreso su mirada a su sabroso bocado. Ella le estaba mirando y lanzándole coquetas miradas. Cada vez más le parecía un bistec grande, un sonriente bistec con patas. ¡Maldita mujer! No estaba bien burlarse de él, pensó tristemente abriendo el gran congelador mientras la miraba fijamente.
Ella se acercó, ofreciéndole una gran sonrisa mientras él sacaba un helado del congelador. No dijo ni una palabra, simplemente sonrió mientras pasaba a su lado, su brazo rozando el de él.
Edward inspiró profundamente, casi mareándose con su perfume. Oh sí, su sangre era dulce, muy dulce. ¿O era el helado lo que él había olido? Agarró otra caja de cartón y la vio desaparecer cuando giró la esquina del pasillo, con otro suspiro. Deseaba seguirla. Quiso utilizar el control mental para persuadirla mediante halagos de ir detrás de la tienda para una pequeña chupada. Pero estaba atrapado.
Suspirando, perdió todas las esperanzas y cogió una caja de helado cocrante. ¡Podía aguantar un poco más de tiempo! Solo un poco más y estaría libre para acercarse a casa de Jacob o Emmet. Seguramente Bella Swan estaría exhausta después de su jornada laboral y del vuelo, y no estaría para trasnochar.
— Si que te gusta el helado. —Comentó Bella cuando regreso a la caja registradora.
Edward echo un vistazo a las cuatro cajas de helados que llevaba en los brazos y las soltó sobre la cinta transportadora con indiferencia. No tenía ni idea de que sabores eran cada uno, y en su distracción no se había dado cuenta de que había cogido tantos, pero daba lo mismo. Se comerían igualmente.
Bella protestó cuando él pagó, pero Edward insistió. Era cosa de hombres. Su orgullo no le dejaba que una mujer pagara comida que iba a ir a parar a su casa. Bella abrió un paquete de pasteles de arroz para comerlos en el camino de vuelta. Ella le ofreció, pero él simplemente puso gesto desdeñoso y negó con la cabeza. Pasteles de arroz. Dios mío.
Edward consiguió no hacer parada alguna en la casa de ninguno de sus hermanos. Se enorgulleció de su autodominio. Él y Bella llevaron los paquetes de comida dentro de la casa; y entonces insistió en que ella comenzara a cocinar mientras él colocaba los paquetes en su sitio. Esto le hizo sentirse servicial y útil, cuando en realidad lo que quería era que ella terminará de cocinar su maldita cena, se la comiera y se fuera a la cama, para que él pudiera ir a por lo que necesitaba. No es que él no pudiera disfrutar de la comida también. Un poco de comida no hacía daño, pero comer de forma regular no saciaba su hambre. Su gente podía sobrevivir sin comida, pero no sin sangre.
Afortunadamente, Bella Swan se sentía voraz, porque hizo la comida rápidamente, friendo a la parrilla un par de bistec y amontonando un montón de esas cosas verdes que ella había comprando y echándole una salsa encima. Edward nunca había entendido la atracción que sentían algunos por las ensaladas. Los conejos comían verduras. Las personas comían carne y sangre. Él no era un conejo. Sin embargo mantuvo para sí sus opiniones y acabó de colocar todas las compras al mismo tiempo que Bella terminaba de hacer la cena. Luego se sentaron a cenar.
Edward se dedicó a su bistec con fervor, ignorando el tazón lleno de alimento de conejos. El había pedido la carne poco hecha© y suponía que era extraño para mucha gente, pero para él poco hecho era cuando era raro. Aún así estaba tierno y jugoso, y acabó con él rápidamente.
Él miró mientras Bella terminaba, pero negó con la cabeza cuando Bella, le ofreció ensalada.— Realmente deberías comer algo de ensalada. —Le regaño ella con el ceño fruncido.— Tiene muchas vitaminas y nutrientes, y realmente te ves muy pálido.
Él supuso que ella tenía miedo de que su palidez tuviera que ver con su supuesto golpe en la cabeza. Sin embargo estaba provocada por la pérdida de sangre, lo que hizo recordar a Edward que tenía que asegurarse que Jacob estuviera en casa. Excusándose, abandonó la habitación y se dirigió a su despacho.
Para su desilusión, cuando llamó a su hermano, éste no le contestó. Jacob de nuevo se había adelantado en la fecha o había regresado a las oficinas de Industrias Cullen. Al igual que Edward, prefería trabajar de noche cuando todo el mundo estaba durmiendo. Los hábitos adquiridos a lo largo de un centenar de años eran difíciles de romper.
Edward regresó a la cocina, para encontrarse que Bella Swan había terminado de comer y había enjuagado la mayoría de los platos y los había metido en el lavaplatos.
— Yo terminare eso. —Dijo él— Debes estar exhausta y deseando acostarte.
Bella recorrió con una mirada sorprendida a Edward. Era difícil de creer que este era el mismo hombre que había respondido a sus cartas con esos cortos “noes”. Su ayuda en colocar las compras y su aparente consideración ahora la hacían sentirse desconfiada. Su rostro con esa expresión esperanzada tampoco ayudaba mucho. Sin embargo ella estaba cansada. Había sido un día largo, así que a regañadientes admitió.— Realmente estoy cansada.
Al momento, se encontró con que una fuerte mano agarraba con firmeza su brazo y la conducía fuera de la cocina.
— ¡Tienes la cama preparada! —Cullen parecía alentarla mientras la apresuraba cuando cruzaban el vestíbulo y la dirigía hacia las escaleras.— Duerme hasta tan tarde como quieras. Probablemente me dedique a trabajar durante toda la noche, generalmente duermo por el día. Si te levantas antes que yo, coge lo que quieras de la cocina, comida, bebida, lo que quieras, pero no fisgonees. —Lo último lo dijo en un tono duro que sonaba más como el hombre que ella esperaba.
— Yo no hurgo. —Contestó ella rápidamente, molesta— Traje un escrito para corregir. Así que me pondré a ello hasta que te levantes.
— Bien. Bueno. Buenas noches. —La empujo dentro del cuarto de invitados amarillo que ella había escogido más temprano y tirando de la puerta la cerró con un chasquido.
Bella giró lentamente sobre sí misma, esperando oír el ruido de la cerradura por fuera. Se sintió aliviada cuando no lo oyó. Sacudiendo la cabeza por tener una mente tan suspicaz, cogió su maleta para buscar su camisón, luego entró en el cuarto de baño de la habitación para ducharse. Justamente se estaba metiendo en la cama cuando se acordó de la excusa que se había montado para quedarse allí. Se detuvo para echar un vistazo a su alrededor.
Viendo el pequeño despertador que se encontraba en la mesita de noche, lo cogió y puso la alarme en una hora. Tenía toda la intención de levantarse para asegurarse de que Edward no se había dormido... y de que si lo había hecho, fuera para volverse a despertar.
Bella colocó de nuevo el despertador sobre la mesa y se metió bajo los edredones, pensando en esos terroríficos momentos de la cocina. Inspiró profundamente por la nariz, recordando a Edward Cullen de pie quieto ante ella, la sangre goteando por su cabeza y su rostro. Dios mío, hasta ese momento ella nunca había visto una herida en la cabeza con anterioridad. De acuerdo, había oído que las heridas en la cabeza podían sangrar mucho, y que a menudo parecían peor de lo que eran, pero había habido tanta sangre.
Se estremeció y tragó un nudo de ansiedad. Bella apenas lo conocía y el hombre había sido poco menos que grosero desde su llegada, pero a pesar del hecho de que su conducta fuera reprobable, ella realmente no quería verlo muerto. ¿Cómo podría impresionar entonces a su jefa? Ya se lo podía imaginar.— No, Allison, no he podido convencerle de hacer las entrevistas con los periodistas. No, ni tampoco las apariciones en televisión. Er... no, tampoco de ir a firmar los libros. Realmente, podría haberlo convencido, pero es que lo mate. Fue un accidente, Allison. Se que es nuestro último cliente que genera efectivo, y realmente no quería matarlo a parte del hecho de que era un grosero, y un testarudo.... No, de verdad, fue un accidente. Si, me doy cuenta que estoy despedida. No, realmente no te culpo por no darme una carta de recomendación. Sí, si me perdonas me iré al McDonald de la esquina a buscar empleo ahora que mi carrera de editora está acabada.
Suspirando, sacudió la cabeza recostada en la almohada y cerro los ojos. Agradecía a Dios que Cullen pareciera gozar de buena salud... exceptuando su palidez. Se sentó de nuevo en la cama, elucubrando de nuevo. Realmente se le veía terriblemente pálido.
— ¿Y por que no iba a estar pálido? —Se preguntó, él casi había perdido un litro de sangre. O mínimo medio litro. Quizás debería ver que tal se encontraba ahora. Bella consideró el asunto brevemente, parte de ella pensando en mirar como se encontraba, y otra parte renuente de que le gritara por interrumpir lo que fuera que estuviera haciendo. Seguramente ya le iba a desconcentrar bastante pasando a verle cada hora a lo largo de la noche. Pero él se había visto terriblemente pálido después de golpearse la cabeza.
Por otra parte, había advertido su palidez en el porche antes de que él se hubiera golpeado en la cabeza. ¿O había sido un efecto de la luz? Era de noche, y la lámpara del porche tenía una de esas bombillas de neón. Podía haber sido un efecto de la luz.
Meditó sobre el tema brevemente, comenzando a sacar los pies fuera de la cama para ir a hacerle una comprobación antes de irse a dormir, pero entonces la detuvo el sonido de una puerta al cerrarse. Poniéndose en tensión, Bella escuchó el sonido suave de pies bajando hacia el vestíbulo, luego se obligó a relajarse y recostarse en la cama. El ruido de pasos había sido suave, pero sonaba normal. Edward no sonaba como si caminara tambaleándose o excesivamente despacio. Estaba bien. Se ceñiría a su plan y pasaría a echarle un vistazo pasada una hora.
Relajándose, se recostó y cerró los ojos. No iba a dormir mucho esta noche y lo sabía. En verdad estaría mucho mejor y durmiendo a pierna suelta en cualquier hotel. Y lo hubiera preferido... herido o no en la cabeza... si no la preocupara que una vez fuera de la casa, Edward Cullen no la volviera a dejar entrar. Bella no podía arriesgarse; tenía que convencerlo de hacer las apariciones públicas. Cualquiera de ellas. Se temía demasiado que su empleo como editora dependiera de su aceptación.
* * * * *
— ¡Estas bromeando! ¿De verdad pensó que toda esa sangre era producto de un pequeño coscorrón? —Preguntó Emmet con una risa incrédula.
— Bueno, no creó que ella se podría imaginar que la sangre provenía de una bolsa en el frigorífico. —Señaló Jacob, pero él también se reía por lo bajo.
Edward ignoró la diversión de sus hermanos y hundió los dientes de en la segunda bolsa de sangre que le trajo Rose. Ya había ingerido la primera. Después de la cual había accedido a explicar su aparición en la casa de Emmet solicitando alimento. La primera bolsa le había permitido superar la sorpresa de encontrar a Jacob allí. También había dado tiempo a sus hermanos para explicar que éste estaba allí para solicitar ayudar con los preparativos de último momento de la boda. Lo que explicaba por que no había podido encontrarlo él.
— Lo que no entiendo, —dijo Jacob mientras Edward terminaba con la segunda bolsa y escondía sus colmillos— es por que, simplemente, no te metiste en su cabeza y le sugeriste que se largara.
— Lo intenté. —Admitió Edward con cansancio. Colocó ambas bolsas vacías en la mano que le tendía Rose, y la observó salir del cuarto para deshacerse de ellas.— Pero no pude penetrar en su mente.
El silencio que se extendió por la habitación fue tan efectivo que se hubiera podido oír el vuelo de una mosca. Emmet y Jacob clavaron los ojos en él, mirándole estupefactos.
— Estás bromeando. —Dijo Jacob.
Cuando Emmet negó con la cabeza, Emmet se sentó de golpe en la silla que se encontraba frente a él y dijo.
— Bueno, será mejor que no le cuentes nada a Madre si no quieres que caiga sobre ti con toda su artillería. El momento en que ella supo que yo no podía leerle la mente a Rose, fue el momento en que decidió que haríamos buena pareja. —Hizo una pausa pensativa.— Aunque, después de todo, tenía razón.
Edward soltó un gruñido disgustado.— Bueno, pues la señora Bella Swan no es la mujer perfecta para mí. La mujer es tan molesta como un enjambre de mosquitos. Terca como una mula, y tan persistente como un perro de presa. La maldita mujer no me ha dejado un momento en paz desde que apareció en el umbral de mi puerta.
— Eso no es cierto. —Alegó Jacob divertido.— Lograste librarte de ella el tiempo suficiente como para venir aquí.
— Eso sólo porque estaba cansada y se acostó. Ella.... —Hizo repentinamente una pausa y se enderezó, recordando su promesa de ir a verle cada hora para asegurarse de que la herida que había sufrido en la cabeza no era más grave de lo que creía. ¿Realmente lo cumpliría? Miró fijamente a sus hermanos.— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Las cejas de Jacob se arquearon con curiosidad, pero echando un vistazo a su reloj de pulsera, dijo— No estoy seguro, pero creo que llevas aquí unos cuarenta o cuarenta cinco minutos.
— Mierda —Edward se puso de pie con rapidez y se dirigió corriendo hacia la puerta.— Tengo que irme. Mil gracias por la bebida, Rose. —Gritó hacia el cuarto al que había entrado Rose.
— Un momento. ¿Qué…?
Jacob y Emmet le siguieron, con más preguntas sin respuesta, ya que Edward no se paró a contestarlas. Había cerrado la puerta de su estudio con llave antes de dejar la casa, y Bella podía asumir que él estaba allí, pero si realmente decidía controlarlo cada hora para asegurarse que se encontraba bien y no recibía ninguna respuesta si llamaba a la puerta, la maldita mujer podía asumir que se había muerto o le había pasado algo y llamar a la policía o a una ambulancia. Podría incluso intentar echar abajo ella misma la puerta. No quería ni imaginar lo que esa mujer podía llegar a hacer.
En el camino a casa se le ocurrieron ideas todavía peores.
Afortunadamente cuando llegó a casa, ella todavía no había echo nada de lo que él se había imaginado. Sin embargo fue obvio desde el momento en que abrió la puerta de que ella estaba levantada e intentando despertarle. La podía oír gritando y golpeando ruidosamente la puerta de su oficina escaleras abajo. Poniendo los ojos en blanco por el escándalo que estaba formando y el pánico que se discernía en su voz mientras le llamaba por su nombre, Edward se metió las llaves de casa en el bolsillo y trotó escaleras arriba. Deteniéndose abruptamente en lo alto de la escalera.
Querido Dios. La mujer no solo comía comida de conejos, llevaba zapatillas de conejo.
Edward intentó no mirar estúpidamente las rosadas orejas de conejito de las zapatillas que ella llevaba puestas, fracasando rotundamente, para después ir subiendo su mirada hacía arriba sobre la gruesa bata de felpa rosada y peluda. Si él no había sabido decir antes si ella tenía buena figura, ahora menos. Luego al ver su pelo se sobresaltó. Debía de haberse ido a la cama con el pelo mojado y obviamente este se había encrespado y enredado hacia todos lados durante el sueño; su pelo insistía en irse hacia todos los lados.
Mirándolo por el lado bueno, obviamente ella no había intentado rebajarse haciendo todas esas cosas que se suponían hacían las mujeres para seducir y conseguir que los hombres hicieran lo que ellas querían. Aunque por raro que pareciera Edward se sintió un poco decepcionado de que no lo hubiera hecho. No entendía por qué. No le gustaba esa mujer. Es más, incluso podría haber estado abierto a una pequeña seducción.
— Buenas noches. —Dijo él cuando ella hizo una pausa en sus gritos para tomar aire. Y se encontró de nuevo boquiabierto cuando Bella Swan se dio la vuelta rápidamente para enfrentarle.
— ¡Usted! Yo... pensé… creí... —Ella se giró para señalar la puerta cerrada y señalarlo de nuevo a él.— La puerta estaba cerrada. Pensé que estaba dentro, y cuando no contestó, yo... —Su voz se fue apagando cuando ella se dio cuenta de su expresión. Repentinamente cohibida, estiró los bordes de su raída bata como si él estuviera intentado tener un mejor atisbo del camisón de franela que se veía a través del escote.— ¿Ocurre algo?
Edward no pudo evitarlo; sabía que no era muy educado por su parte, pero no pudo evitar que las palabras escaparan de sus labios.
— ¡Dios mío! Pero, ¿qué es ese pegote que tienes en la cara?
Bella inmediatamente soltó su bata y se llevó ambas mano a la cara, intentando ocultase tras ellas, y su boca soltando un alarmado
— ¡Oh! —Cuando recordó la máscara verde que se había puesto antes de acostarse y que ya se le había secado.
Obviamente era algún tipo de tratamiento de belleza, dedujo Edward, pero Bella ya no estaba allí para explicar exactamente de que tipo. Dando media vuelta, había escapado hacia la habitación de invitados, cerrando la puerta tras ella. Después de unos segundos, se oyó su voz tensa.— Me alegró que esté bien. En su mayor parte. Me preocupé cuando no contestó a mis llamadas. Volveré a pasar a ver que tal estás en una hora.
El silencio se hizo en el vestíbulo.
Edward esperó un momento, pero como no oyó el sonido de pasos alejándose de la puerta, dedujo que ella estaba esperando algún tipo de respuesta. “No”, fue la primera respuesta que le vino a la mente. No quería que ella controlara su estado. Es más, no la quería en su casa. Pero se encontró con que eso era algo que no podía decirle. Se la había visto terriblemente avergonzada de que él la hubiera pillado con ese aspecto tan desastrado, y realmente no podía culparla. Se la veía realmente espantosa con esas ridículas zapatillas de conejito.
Sonrió al recordar su aspecto de pie en el vestíbulo con ese aspecto. Bella se veía fatal, pero de una forma tan adorable que le habían entrado ganas de abrazarla... hasta que había visto esa crujiente máscara verde en su cara.
Edward decidió no causarle más malestar con un “no” que seguramente ella ya esperaba y en su lugar dijo un “Buenas noches” con un tono de voz inquietamente áspero. Cuando marchaba hacia la puerta de su oficina, oyó un suspiro proveniente desde el otro lado de la puerta, y después un pequeño “buenas noches” en respuesta. Luego el sonido de pasos alejándose de la puerta. Se iba a la cama, pensó él.
Después se oyó un chasquido, y el hilo de luz que se veía por debajo de la puerta de la habitación de invitados se apagó. Edward se detuvo. ¿Por qué estaban las luces encendidas? ¿Estaba volviendo a programar la alarma del reloj despertador en una hora? ¡La estúpida mujer realmente tenía intención de controlarlo cada hora!
Sacudiendo la cabeza entró en su oficina, encendiendo las luces de un golpe. Le daría quince minutos para que se durmiera y luego entraría en la habitación y apagaría el reloj despertador. Lo último que necesitaba era que le estuviera fastidiando toda la noche. Aunque también se le ocurrió que si ella no dormía mucho esa noche, entonces probablemente dormiría hasta más tarde por la mañana para compensarlo, lo que significaría que tendría menos tiempo para meter sus narices donde no le llamaban mientras él estaba durmiendo.
No, decidió él. Ella le había dicho que no curiosearía, y el creía en su palabra.
En su mayor parte.
© Juego de palabras entre “rare” –extraño-, y “rare” término utilizado en los restaurantes para referirse a la carne poco hecha, vuelta y vuelta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario