miércoles, 22 de septiembre de 2010

Capitulo 4


— ¡Eh, tú podrías ser la cita de Ed!
— Er.... —Bella lanzó una mirada desesperada en dirección a Edward ante la sugerencia de su madre, sólo para encontrarlo sentado con los ojos cerrados, y una expresión dolorida en su cara. Sospechó que él estaba rogando que el suelo se abriera bajo él y se lo tragara entero, o al menos que se lo tragara en pedazos, siempre que se lo tragara. Eso casi hizo que Bella se sintiera mejor. Era bueno saber que ella no era la única con padres que lograban humillarla a cada oportunidad.
De hecho, Esme era algo realmente diferente. Bella se había pasado la mayor parte de la media hora desde la llegada de la mujer mirándola boquiabierta. ¿Esta exótica y hermosa criatura era la madre de Edward? Oh, ciertamente el parecido estaba ahí. Y él era igual a ella en el aspecto general, pero Esme Cullen no parecía tener más de treinta años. ¿Cómo era posible que Edward, o Ed, como todo el mundo parecía llamarle, fuera su hijo?
— Buenos genes, querida —Fue la respuesta de la mujer cuando bella lo comentó.
Bella había suspirado miserablemente, preguntándose por qué esos genes no podrían estar en su familia también. Después de esto, simplemente se había quedado absorta en la mujer, asintiendo ausentemente a cada comentario, tratando de encontrar signos de lifting o estiramientos en su cara. Obviamente tendría que haber hecho más caso a lo que Esme estaba parloteando. La boda del hermano de Edward era el tema de conversación. Bella no estaba del todo segura de cómo eso había conducido al último comentario que escuchó.
— ¿Cita? —Repitió, inexpresivamente.
— Sí, querida. Para la boda.
— Madre —La voz de Edward tenía un toque de advertencia, y Bella se percató de que sus ojos estaban abiertos y agudamente enfocados en su madre.
— Bueno, Ed, cariño. Realmente no puedes dejar a la pobre chica sola mañana por la noche mientras tú te vas. —Esme rió, aparentemente despreocupada ante la furia de su hijo.
— Bella tiene que regresar a Nueva York. —Dijo Edward con firmeza.— No estará aquí mañana por la no…
— ¡Eso suena divertido! —Barboteó Bella. Edward calló y la miró con fijeza, pero ella le ignoró. No había manera de que se fuera antes de conseguir su consentimiento para al menos una entrevista con uno de los periódicos que clamaban por hablar con él. Y según la sugerencia de Esme, no sólo no podría forzarla a irse a Nueva York, sino que para cuando la fiesta de la boda acabara sería demasiado tarde para que Bella volara a casa también la siguiente noche. Lo que le daba hasta el domingo para trabajar en el hombre. Ese pensamiento la hizo sentirse feliz, y silenciosamente dio las gracias a la madre de Edward.
La única cosa que le preocupó fue que Esme Cullen parecía demasiado complacida también. Bella tuvo el repentino sentimiento ansioso de que había entrado limpiamente en una trampa. Rezó a Dios para que la mujer no tuviera ideas casamenteras sobre ella y Edward. ¡Seguramente Bella sabía lo patán e irritable que era su hijo, y que no era para nada el tipo de Kate!
— ¡Bien, maravilloso! —Dijo la mujer. Ignorando el rostro ceñudo de su hijo, Esme sonrió como un gato sobre un tazón de leche, y entonces preguntó— ¿Tienes algo que ponerte para la boda, querida?
— ¡Oh! —La sonrisa de Bella vaciló. Había metido en la maleta algo para cada posible situación que se presentara, excepto una boda. Era imposible que hubiera previsto eso, y Kate no creyó que el vestido negro que había traído por si acaso salían alguna noche sirviera.
— ¡Ajá! —Edward era ahora el que parecía complacido.— No tiene nada que ponerse, madre. Ella no puede…
— Un pequeño viaje a mi modista, supongo. —Esme le cortó en seco. Entonces, añadió hacia Bella— Ella siempre tiene algo para una emergencia de estas. Y una visita a mi peluquero hará magia con tu pelo, y entonces estaremos listos.
Bella se sintió relajada, y hubiera podido abrazar a la mujer. Esme era maravillosa. Demasiado buena para tener un hijo como Edward. La mujer era inteligente, encantadora y un placer de tener alrededor. A diferencia de cierto hombre hosco. Kate deslizó una mirada hacia Edward, y casi sonrió ante la apariencia miserable de su cara. Suponía que debería de sentirse culpable por forzarse a sí misma a estar en su casa y permanecer ahí, pero no lo estaba. Él tenía una seria necesidad de ayuda. Tenía una terrible falta de habilidades sociales y obviamente pasaba demasiado tiempo solo. Ella era buena para él, estaba segura.
— Bueno, ahora que todo está organizado, me voy. —Esme se puso rápidamente en pie y se dirigió fuera de la cocina, tan rápido que Bella sólo pudo lanzarle una mirada fugaz.
Poniéndose de pie, corrió tras la mujer.
— Muchísimas gracias, señora Cullen. —Dijo, mientras caminaba por el vestíbulo persiguiéndola.
La madre de edward no solamente aparentaba ser joven, era más activa de lo que debería para ser la madre de un hombre que tenía que tener al menos treinta y cinco años. ¿Qué vieja le hacía eso? Se preguntaba Bella. Por lo menos cincuenta y tres. Imposible, pensó, pero mantuvo el pensamiento para ella y simplemente añadió:
— Realmente aprecio mucho su generosa oferta de ayudarme a comprar y...
— Tonterías, querida. Yo soy la que te agradece que estés aquí acompañando a Ed. —Esme hizo una pausa y permitió a Bella acercarse.— Deberías haber visto al pobre hombre en la boda de su hermana. Nunca había visto a Ed correr tan rápido o esconderse tanto. Son las mujeres, ya sabes. Tienden a ir detrás de él.
Las cejas de Bella se arquearon en un gesto de incredulidad ante eso.
Una burbuja de risa explotó en Esme.
— Difícil de creer, con lo antipático que es Ed, ¿verdad? Pero creo que es la caza lo que las atrae. Él hace patente que no está interesado, y ellas reaccionan como sabuesos detrás de un zorro. Contigo allí como su escolta, será libre de relajarse y disfrutar de la celebración esta vez. Y una vez que se de cuenta de eso, estará de lo más agradecido por tu presencia.
Bella no se molestó en esconder su duda de que Edward Cullen se sintiera alguna vez agradecido por algo. El hombre era algo más que antipático, en su opinión.
— Él puede parecer brusco por fuera, querida. —Dijo Esme solemnemente, obviamente leyendo sus pensamientos— Pero es como un malvavisco tostado, suave y esponjoso en el centro. Aunque pocas personas pueden ver ese centro.
Dejando a Bella considerando aquello, la mujer mayor continuó hacia la puerta y la abrió.
— Vendré a buscarte después del almuerzo. A la una en punto. Si eso te viene bien.
— Sí pero, ¿nos dará tiempo para tener todo hecho? —Preguntó Bella, preocupada. En su experiencia, las bodas solían ser hacia las dos o tres de la tarde.
Esme aparentaba calma.
— Oh, mucho tiempo, querida. La boda no será hasta las 7 de la tarde.
— ¿No es algo tarde? —Preguntó Bella, sorprendida.
— Las bodas tardías están muy de moda ahora. He oído que Julia Roberts se casó con su cámara después de medianoche.
— ¿De verdad? Yo no lo había oído. —Dijo Bella, débilmente.
— Oh, sí. Ella inició una tendencia. Hasta mañana, entonces. —Esme acabó alegremente. La mujer cerró la puerta detrás de ella, dejando a Bella de pie en mitad del vestíbulo, sintiendo como si acabara de sobrevivir a un tornado.
Bella permaneció varios minutos ahí, mirando fijamente a la puerta, su mente zumbaba con todo lo que tendría que hacer para estar lista para esa boda, cuando la puerta de la cocina se abrió y Edward entró airadamente.
— Estaré en mi despacho. —Su voz era cortante, su expresión prohibitiva mientras pasaba a su lado en su camino hacia las escaleras.
Bella, siempre una chica inteligente cuando se trataba de la auto conservación, mantuvo su boca cerrada y simplemente le vio desaparecer escaleras arriba. Estaba enfadado, por supuesto. Lo que era de esperar, pero ella esperaba que se le pasase.
Una puerta se cerró con un golpe en el piso superior. Con un portazo.
Bueno, quizá no se le pasara esta noche, pero lo haría por la mañana. Esperaba. Con un poco de ayuda, quizá. Se dio la vuelta y miró el desorden del salón. No había manera de que fuera capaz de hacerle trabajar en aquellas cartas esa noche. Lo que supuso que sería una buena cosa. Ella empezaba a temer que cualquier carta que él escribiera fuera más para ofender y asustar a los lectores que para complacerlos. Le haría un gran favor escribiendo las cartas ella misma y simplemente dejarle a él firmarlas.
Bella hizo una mueca con la idea. Eso supondría un montón de trabajo para ella, y los lectores apenas serían propensos a ser tan felices. Seguramente serían más felices con su entro metimiento que recibiendo una carta que dijera:
Querido lector
No
Sinceramente
Edward Cullen
Por raro que fuera, Bella se encontró a sí misma riendo con la idea. Él era algo divertido en cierta forma, este escritor suyo. El problema era que no tenía la menor intención de serlo.
Exhalando un suspiro, volvió hacia el cuarto de estar para empezar a trabajar.
* * * * *
Edward cogió una bolsa de sangre del pequeño frigorífico del despacho, donde la había colocado antes, y se puso a caminar por su despacho como un tigre enjaulado. Hizo eso durante más de una hora antes de desprenderse de la suficiente energía como para poder relajarse algo y sentarse. No sabía si era su rabia o la cafeína lo que le había puesto patas arriba. Y no le importaba.
Gimiendo, se reclinó en la silla y se frotó la cara con las manos. Su madre le había maldecido con dos noches más con la presencia de Bella Swan. Y Bella no había mejorado las cosas con su rápido asentimiento. La mujer era como el liquen. Como el cieno que no puedes despegar de la suela de tus zapatos. Como... bueno, ninguna de las cosas que le venían a la mente era demasiado atractiva y, tan incordiante como Bella Swan era, era también atractiva, así que Edward dejó sus comparaciones. Trataba de ser justo con esas cosas, tanto como le fuera posible.
Apartando las manos de la cara, comenzó a considerar el ordenador del escritorio. Quería evitar a Bella por un momento. Estaba todavía tan enojado que podría lastimar sus sentimientos si estaba alrededor de ella, y no quería lastimarla...
— ¡Bien, demonios! ¿Ahora te preocupas por sus sentimientos? —Se dijo a sí mismo. Eso no debía ser. Tenía que intentar ser firme con sus revueltos sentimientos, y recordarse a sí mismo que “La mujer es tu editora. Ella usará manipulaciones, inteligentes tretas y cualquier arma que sirva para conseguir lo que quiere de ti. No empieces a ser suave y sentimental con ella. No la quieres aquí. Quieres que te deje solo y trabajar en paz”.
El problema era que él realmente no tenía nada en lo que trabajar. No había empezado nada nuevo desde que acabó la historia de Emmet y Rose, impresa desde hacía un mes. Y Edward no tenía ni la menor idea de en qué trabajaría ahora. Sabía que Bella y Roundhouse Publishing querían otro romance de vampiros, pero Jacob no daba indicios de complacer a su hermano enamorándose de nuevo tan pronto.
Bueno, decidió Edward con indiferencia, no era como si necesitara el dinero. Sus inversiones a través de los años siempre se habían dado bien. Podía relajarse si quería. Roundhouse simplemente tendría que esperar hasta que se le ocurriera algo.
Su mirada cayó en el videojuego de la esquina de su escritorio, Blood Lust II©. El juego era la nueva creación de Emmet. La primera parte se había agotado varias veces, y había ganado incontables premios. Su éxito no fue una gran sorpresa para Edward; el juego era divertido y lleno de acción, con impresionantes gráficos, montones de villanos para matar, montones de acertijos para resolver y una gran historia. Edward no era el único de la familia que sabía escribir una historia. Se esperaba que Blood Lust II fuera aún mejor cuando saliera.
Sonriendo, hizo saltar el sello del envoltorio y arrancó el CD del juego. Había jugado un par de niveles del prototipo antes de que el juego estuviera terminado, y él y Jacob consiguieron las dos primeras copias completas antes de que salieran a la venta. Era bueno ser hermano del creador.
Edward deslizó el juego en su ordenador y se preparó para disfrutar. Se desharía de parte de su ira matando algunos villanos. Y también evitaría a Bella durante un tiempo. Había encontrado la solución perfecta.
Jugó durante algunas horas, adentrándose en el interior del juego, cuando escuchó que llamaban a la puerta. A su respuesta con un distraído “¿Qué?” la puerta se abrió y Bella entró en la habitación llevando una bandeja.
— Pensé que debería tener hambre.
Sus tentadoras palabras, unidas al olor de la comida, distrajo la atención de Edward del juego. Husmeó con la nariz, pensando que podría comer algo en ese momento. Él, al igual que el resto de su familia, comía comida al igual que ingería sangre. Si no lo hicieran, todos serían pálidos espectros.
— ¿Qué es? —Preguntó, curioso.
— Bueno, sabía que iba a estar ocupada, he estado escribiendo algunas cartas, —informó ella— así que después de que tu madre se fuera y tú subieras arriba metí el asado que recogimos en el horno con algunas patatas. De esa manera se haría mientras trabajaba. Dijiste que te gustaba cualquier cosa rara, espero que eso incluya el asado, porque este asado es bastante extraño.
— Perfecto. —Edward cogió la bandeja y la colocó sobre su escritorio, dándose cuenta de que había dos platos de comida y dos vasos con algo que parecía ser vino, y también dos vasos de agua. Ella se había cubierto las espaldas.
Él apenas se estaba relajando cuando ella comenzó a arrastrar una silla alrededor del escritorio para unirse a él, diciendo:
— Esperaba que pudiéramos discutir...
Estaba a punto de sacar el tema de la publicidad otra vez. Edward inmediatamente se tensó; entonces, la mirada de Bella se desvió hacia la pantalla del ordenador.
— Eso parece Blood Lust.
— Blood Lust II. —Le corrigió.
— Estás bromeando. ¿De verdad? Se supone que no saldrá a la calle hasta el lunes. Lo tengo pedido.
— Conozco al creador. —Admitió edwardcon renuencia.— Tengo una copia tempranera.
— No es posible. ¡Tú, perro afortunado! ¿Es tan bueno como el primero?
— Mejor. —Edward comenzó a relajarse de nuevo mientras ella continuaba mirando fijamente y con avidez la congelada pantalla. Reconocía un compañero de juego cuando lo veía. Cualquier charla sobre la publicidad había mordido el polvo por esa noche.
Miró hacia la pantalla y vio que su personaje había muerto mientras él estaba distraído. El juego estaba esperando que él decidiera qué hacer a continuación. Sus opciones eran empezar de nuevo o salir del juego. Consideró el asunto brevemente, y entonces preguntó:
— ¿Quieres jugar? Puedes jugar a dobles.
— ¿De verdad? —Ella pareció terriblemente excitada.— Sí, por favor. Me encanta Blood Lust, llevo siglos esperando que saliera la segunda parte. —Arrastró su silla aún más cerca.— Esto es genial.
Edward sonrío para sí y empezó el juego. Tenía que decir una cosa sobre ella: Bella Swan tenía buen gusto. Le gustaban sus libros y le gustaba el juego de Emmet.
Y también demostró ser un infierno de jugadora. La cena que había preparado descansaba olvidada encima del escritorio mientras ellos pasaban los niveles que él ya había atravesado antes, y continuaron hacia los siguientes niveles, trabajando juntos para vencer a los villanos y salvar la damisela en apuros. Cada vez que tenían éxito y pasaban a otro nivel Bella reaccionaba como una niña excitada, chocando las manos o bailando una pequeña danza de la victoria alrededor del escritorio mientras esperaban a que se cargara el siguiente nivel.
Jugaron durante horas, hasta que la comida se marchitó y congeló, hasta que sus cuellos y manos les dolieron y hasta que Bella empezó a adormecerse en su asiento. Cuando Edward con renuencia sugirió que sería mejor que ella se fuera a la cama, ella afirmó con la misma renuencia que debería irse, o no sería capaz de levantarse para la excursión de compras con la madre de él.
Por raro que pareciera, Edward la echó de menos cuando se fue. Continuó a través de otro nivel del juego, pero no era lo mismo sin ella allí para compartir la alegría del éxito. Ya no hubo más chocar manos o pequeñas danzas de victoria, y se molestó al darse cuenta de que echaba de menos eso también. Pero más inquietante aún fue el hecho de que por primera vez en años, Edward se sintió solo.
* * * * *
A pesar de su larga noche, Bella estuvo levantada y lista para la una en punto. Se colocó ansiosamente frente a la puerta principal esperando a la señora Cullen. Cuando una limusina se detuvo en el camino de acceso, corrió al exterior y bajó las escaleras del porche, entonces se detuvo y se volvió confusamente hacia la puerta. Había quitado el cerrojo para salir, y no tenía ni la menor idea de cómo hacer para cerrarlo de nuevo. ¿Se atrevería a dejarlo sin cerrar? ¿O debería despertar a Edward y hacer que él lo cerrara?
— Está bien, Bella. No te preocupes por la puerta. —Esme bajó la ventanilla trasera para llamarla.— Ven, tenemos muchas cosas que hacer.
Encogiéndose interiormente, Edward se giró y caminó hacia la limusina. El conductor había salido para abrirle la puerta justo a la vez que ella llegó hasta ella, y Bella murmuró un gracias y se deslizó en el interior; entonces, reaccionó ante la vista de la madre de Edward. La mujer estaba arropada de los pies a la cabeza como si se encontrara en medio de una tormenta en invierno.
Llevaba puesta una blusa de mangas largas, guantes y pantalones flojos, y una bufanda sobre su cabeza que le cubría la mitad inferior de la cara. Grandes gafas de sol cubrían la mayor parte del resto de la cara. El único trozo de piel que se veía era su nariz, y estaba cubierta con una amplia capa de crema blanca que Bella supuso sería protector solar.
— No me lo diga. ¿Es usted alérgica al sol como Edward? —Adivinó Kate.
La boca de Bella se torció divertida.
— ¿De dónde crees que él lo sacó?
Bella rió y se relajó en la limusina, preparada para un día frenético de compras y mimos. Y eso fue exactamente lo que obtuvo: una búsqueda frenética para encontrar el vestido perfecto y adecuarlo a su medida, y luego un par de horas de deliciosos mimos y cuidados en el balneario donde la peluquera de Esme Cullen trabajaba. Disfrutó enormemente.
* * * * *
Ed no durmió bien. Se fue a la cama por puro aburrimiento tras la partida de Bella, pero no pudo descansar. La mujer realmente había invadido su casa, y ya había invadido sus sueños también. Este hecho fue suficiente para hacerle terriblemente gruñón al despertar, y fue un Edward hosco el que bajó las escaleras el sábado a la tarde. Y aún se volvió más gruñón tras comprobar en un rápido vistazo a la casa que Bella aún no había regresado de su viaje de compras.
Refunfuñando se encaminó hacia la cocina y, como era su costumbre, abrió la puerta de la nevera buscando sangre. No fue hasta que tuvo la puerta abierta cuando se dio cuenta de que había colocado su suministro en la pequeña nevera de su despacho, fuera de la vista de Bella. Consideró el volver arriba a buscar una bolsa, pero realmente no se sentía así. Tampoco sentía ganas de comida normal, a pesar de que Bella y él habían desperdiciado la cena la noche anterior en beneficio de Blood Lust II. Y sabía que iba a comer un montón de sabrosa comida en la celebración de la boda, así que era mejor no comer ahora.
Decidiendo que cogería una bolsa de sangre antes de salir hacia la boda, Edward vagó sin rumbo fijo saliendo de la cocina y pasando por el vestíbulo hacia el salón. Inmediatamente sonrió. Bella había terminado de ordenar las cartas por categorías, y había varias cartas formales esperando su firma.
Curioso, se sentó en el sofá y empezó a leerlas. Todas eran muy agradables, coloquiales cartas que parecían graciosas y encantadoras, y para nada parecidas a las de él. Bella era muy buena escritora, también. Había hecho un trabajo maravilloso, y Edward supuso que tendría que darle las gracias. Y también supuso que debería contratar a un asistente para que se encargara de esas tareas en el futuro. Desgraciadamente, sabía que no lo haría. La idea de un extraño en su casa, enredando entre sus cosas no era atrayente. Esa era la razón por la que aún no había reemplazado a su ama de llaves, la señora Johnson. La mujer había muerto mientras dormía en 1995. Ocho años atrás, constató con sorpresa.
Desde entonces, Edward había contratado un servicio de limpieza que limpiaba su casa una vez por semana, y habitualmente comía fuera o encargaba comida para llevar de un restaurante calle abajo. Tenía intención de hacer eso sólo hasta que encontrara quien reemplazara a la desventurada señora Johnson, pero nunca se había puesto a ello. Pensaba en ello y en todos los problemas que supondría y se ponía en contra. ¿Para qué perder tanto tiempo y esfuerzo sólo para encontrar a alguien que moriría en veinte o treinta años, tal y como la señora Johnson y Edwin habían hecho?
Murmuró por lo bajo ante ese pensamiento. Los humanos eran tan poco fiables en ese sentido. Siempre morían justo cuando acababas de entrenarlos.
Estaba pensando en ese hábito tan molesto del género humano cuando la puerta principal de la casa se cerró de un portazo. Bella había vuelto de su excursión de compras. Pasó sus manos por su cabello, alisó su camiseta e intentó parecer presentable. Se sentó, mirando con expectación hacia la puerta del salón… justo a tiempo de captar un vistazo de Bella subiendo las escaleras. Al menos pensó que era Kate. Todo lo que había visto era un desordenado manojo de bolsas con variados nombres de diseñadores en ellas, y los pies.
Oh, sí. Ella había estado comprando. Se reclinó de nuevo en el sofá con disgusto. Ella ni siquiera se había fijado en él. ¡Mujeres!
Llegó toda una cacofonía de ruidos procedentes de la parte alta: el portazo de la habitación de invitados y una serie de ruidos inidentificables de traqueteos y golpes. Sonaba como si la mujer estuviera saltando por la habitación y tirando cosas por todas partes. Duró lo suficiente como para que Edward se preocupara. Y entonces, de repente, un absoluto silencio. Se puso de pie y caminó hacia el vestíbulo, mirando ansiosamente escaleras arriba. Una puerta se abrió y se cerró; entonces escuchó el taconeo de unos zapatos de tacón alto en el pasillo de madera del piso superior, y Bella apareció en lo alto de las escaleras.
Era un espectáculo. Una visión. Su pelo dorado estaba recogido en lo alto de la cabeza con pequeños tirabuzones cayendo para enmarcar su preciosa y excitada cara. El vestido que llevaba era de un profundo verde esmeralda. Tenía una larga falda, un cuello alto y estaba hecho de un material suave que brillaba marcando graciosamente los contornos y curvas de su cuerpo. Estaba gloriosa. Un ángel. La mujer más hermosa que Edward había visto en toda su vida, y eso era decir bastante. Se quedó sin habla, asombrosamente. Simplemente la miró con admiración mientras ella bajaba las escaleras.
Estaba a medio camino cuando le vio. Inmediatamente se detuvo, parpadeó y le miró ceñuda:
— ¡No estás listo!
Fue el turno de Edward para parpadear. Su ángel estaba gritando. Estaba frenética. La serena visión se había ido.
— ¡Edward! —Ella le miró con incredulidad.— La boda es a las siete en punto. Son las seis y cuarto. Tenemos que irnos. ¡Ni siquiera te has dado una ducha, o algo! ¿Qué has hecho durante todo este tiempo? —Ella se cubrió la cara horrorizada.— ¡Llegaremos tarde! Odio llegar tarde a las bodas. Todo el mundo estará sentado en los bancos de la iglesia, y todos nos mirarán y…
— ¡De acuerdo! —Edward cogió sus manos tratando de apaciguarla mientras subía las escaleras.— Todo está bien. Soy rápido. Estaré listo. Simplemente dame diez minutos. No llegaremos tarde. —Le aseguró mientras se movía apresuradamente junto a ella.— De verdad. Te lo prometo.
Bella le miró con exasperación mientras Edward desaparecía escaleras arriba. Una vez que estuvo fuera de su vista sus hombros se encorvaron tristemente. Después de todos sus esfuerzos él ni siquiera le había dicho cómo la encontraba.
Decepcionada, bajó del todo las escaleras y entró en el salón. Estaba del todo preparada para hacer un hoyo en el suelo por la impaciencia que tenía. Pero no tuvo la oportunidad. Diez minutos más tarde Edward bajaba las escaleras preparado para irse. Su pelo todavía estaba húmedo por la ducha y lo tenía echado hacia atrás, y un traje de diseño colgaba elegantemente en sus anchos hombros.
Diez minutos, pensó Bella con disgusto. Diez minutos y se veía fabuloso. ¡A ella le había llevado todo el día arreglarse decentemente y a él le había bastado con diez minutos! Le miró mientras se unía a él en el vestíbulo.
— ¿Lo ves? Te dije que sería rápido. —Dijo Edward apaciguadoramente mientras abría la puerta principal.— No llegaremos tarde. Estaremos justo a tiempo.
Todavía irritada por su rapidez, Bella simplemente hizo una mueca mientras se dirigía hacia fuera por delante de él.
Edward abrió la puerta del copiloto de su BMW de un modo cortés que ella apreció, y luego comentó:
— Te ves encantadora.
Cerró la puerta antes de que ella pudiera responder, pero Bella sonrió ampliamente mientras le miraba rodear el coche hacia el lado del conductor. Su humor empezaba a elevarse de nuevo. Generalmente, Bella odiaba las bodas, y definitivamente no estaba para nada contenta con el hecho de ser llamada “La cita de Ed”, pero quizás la noche no fuera tan mala.

Blood Lust II: Juego de sangre II


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Espero que les guste el capitulo y dejen sus comentarios.

Saluditos

Xao.

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