CAPITULO 5
Aquello fue horrible. Bueno, no del todo, admitió Edward para sí mismo. La ceremonia nupcial en si misma fue hermosa. Y, para su sorpresa, su molesta editora tenía los ojos llorosos mientras Emmet y Rose intercambiaban sus votos. Se dijo a sí misma cuando él le pasó el pañuelo que con tanto cuidado había guardado en el pecho:
— Parecen tan felices. Es obvio que están profundamente enamorados.
Edward simplemente refunfuñó y esperó a que la ceremonia no fuera tan larga como lo había sido la de Alice el año anterior. Sólo tenía un pañuelo.
Afortunadamente el sacerdote de la boda de Rose no era tan cansino como había sido el de la familia Whitlock. Aún así, Edward casi salió corriendo de la iglesia con Bella. O al menos lo intentó. Su huida fue detenida por el embotellamiento formado a la salida, en donde todos y cada uno de los invitados se detenían para dar a Emmet y Rose la enhorabuena. La pareja, según la costumbre, había salido de la iglesia primero y estaban ahora a unos pasos de la iglesia hablando con cada uno de ellos mientras se marchaban.
Por supuesto Bella insistía en felicitarles y darles la enhorabuena también, lo cual, pensaba Edward, era ridículo. ¡Ni siquiera les conocía! Pero la mujer ignoró sus intentos de darle prisa para bajar las escaleras y se detuvo a desear felicidad a la pareja.
Rachel y Emmet no estaban sorprendidos por que Bella estuviera en la boda, por supuesto. La rama familiar estaba tan saludable como siempre. Y pese al enfado de Edward, Rose era una de esas personas sociables que gustaba a todo el mundo y que le gustaba hablar. Emmet estaba estorbando con su misma afición, así que no podían decir sólo gracias y dejar marchar a Bella. No. De hecho, tenían que “hablar” con Bella y preguntarle si habían tenido buen tiempo en Toronto.
Edward sintió como se tensaba mientras esperaba su respuesta. Se quedó vagamente sorprendido cuando ella rió (soltó una carcajada) y respondió:
— Oh, si.
Emmet parecía igualmente sorprendido.
— ¿Quieres decir que es mi hermano quien se ocupa de entretenerte? —Preguntó, como si Edward fuera una clase de pagano, incapaz de ser un buen anfitrión.
Kate asintió con la cabeza alegremente.
— Él y tu madre también. Esme me llevó de compras, y al balneario también. Y la pasada noche, Edward y yo jugamos a “Blood Lust II” hasta bien entrada la madrugada.
— ¡Oh! —Exclamó Rose.— ¿No es un juego asombroso? Emmet es muy hábil. Aunque pensé que me volvería loca con ello cuando diseñaba el último episodio. Le dio problemas.
— ¿Emmet? —Bella miró de reojo titubeando de Rose a Emmet.
— Si, es su juego. —Aclaró Rose. Echó entonces una mirada a su cuñado sorprendida.— ¿No le dijiste que Emmet era el creador del juego?
— Si, estoy seguro de que se lo dije.
— No, no lo hiciste. —Exclamó Bella sacudiendo ligeramente su brazo— Oh, Dios mío. ¿Por qué no me lo dijiste?
Edward frunció el entrecejo. Su editora no prestaba atención. Ya se había vuelto hacia su hermano.
— ¡No puedo creerlo, amo “Blood Lust”, ambas partes!. ¡Son asombrosas!
— ¡Oh! Ahora entiendo. Los personajes principales en el libro de Ed se llamaban Rose y Emmet. Y Emmet fue el creador del juego. ¡OH, vaya! —Sonrió abiertamente a Rose.— La próxima cosa que me dirás será que eres investigadora forense como la mujer del libro.
Edward, Emmet y Rose la miraron e intercambiaron miradas incómodos.
Los ojos de Bella se abrieron desorbitadamente en silencio.
— ¿Eres…? ¿Eres tú?
— Me gusta basar mis historias en la realidad tanto como me sea posible. —Dijo Edward rompiendo el silencio.
— Pero tú escribes libros de vampiros. —El tono de Bella sonó perplejo.
— Bueno, dentro de lo razonable. —La corrigió él, entonces tomó su brazo firmemente.— Ven. Estamos traspasando la línea.
Edward arrastró apresuradamente hacia el coche a Bella, miró hacia adentro, se montó e inmediatamente puso la radio en marcha. Subió el volumen impidiendo el diálogo y condujo hacia el vestíbulo de recepción en donde la comida de la boda iba a ser servida. En su prisa por llegar allí, esperaba esperanzado que Kate se distrajera y olvidara la extraña coincidencia entre los personajes de sus libros y los de su familia en la vida real. Edward se excedió un tanto con el límite de velocidad. Como resultado de ello fueron los primeros en llegar.
Afortunadamente para él, Bella no volvió a mencionar el problema. Ella y Edward se sentaron en la misma mesa, y su madre, su hermana Alice y su esposo Jasper pronto se unieron a ellos.
Jacob se sentó en la mesa principal con el resto del cortejo nupcial, así que la mesa de seis plazas que los cinco ocupaban era la más cercana a la larga mesa principal.
Edward malgastó los primeros minutos manoseando simplemente la copa de vino que prestamente habían colocado delante suya, su mirada pasó nerviosamente veloz a Bella mientras ésta hablaba con Esme y Alice. Las tres mujeres le ponían bastante nervioso. Tenían las cabezas muy juntas, y mezclaban las risitas nerviosas con la tranquila conversación.
Se moría por saber que estaban contándose, pero por más que lo intentó no consiguió oír nada, debido en parte a los chismorreos y a las interrupciones de las personas que llegaban saludándose los unos a los otros.
— ¡Alice!
Edward se puso rígido al oír exclamar a su editora; entonces Bella se volvió hacia él.
— ¡El nombre de tu hermana es Alice! Es el nombre de la mujer vampiro de tu segundo libro.
— Esto….sí. —Disparó una mirada tanto a su madre como a su hermana. ¿Estaban deliberadamente tratando de complicar su vida?
— Emmet y Rose en el último libro, Alice y Jasper en el segundo. ¡Y Esme! —Se volvió hacia la madre de Edward.— Su esposo se llama Carlise, ¿no es cierto?
— Se pronuncia con una ‘o’ alargada querida, no como una ‘o’ cerrada. —Corrigió Esme amablemente. Entonces asintió ligeramente.— Pues sí, mi esposo y el padre de mis hijos fue Carlise.
— ¡Oh! —Bella guardó silencio un momento, pero era evidente que estaba pensando.
— Creo que es demasiado almibarado para ti eso de dar los mismos nombres que tiene tu familia. —Dijo Bella.
Edward la miró sorprendidamente boquiabierto. ¿Almibarado? Él no era almibarado, en modo alguno. Que porras…
— Es obvio que te preocupas por ellos.
— Esto…. —Edward se sentía extrañamente atrapado cuando un ligero golpecito en su hombro hizo que volviera la cabeza. Se encontró mirando fijamente a Jacob y Emmet. Aliviado por aquella distracción, sonrió enormemente, consiguiendo asombrarles.
— Necesitamos que ambos nos echéis una mano. —Jacob abarcó a ambos, Edward y Jasper con la mirada.
— Oh, oh, por supuesto. —Ed se volvió hacia Bella mientras Jasper se ponía en pie.— Nos necesitan. Debemos irnos. —Explicó.
Bella asintió solemnemente.
— Es algo así como “solo para chicos”, ¿verdad?
— Esto….sí. —Ed se puso en pie, lanzó una mirada furiosa de advertencia a su madre y a su hermana, con el único fin de que se abstuvieran de sembrar estrafalarias ideas en la mente de Bella, entonces siguió a sus hermanos alejándose así de la mesa.
El cuarteto cruzó el vestíbulo de recepción, atravesando la puerta semioculta detrás del decorado travesaño, caminaron por el angosto corredor, saliendo por otra de las puertas que desembocaba en el solar del aparcamiento detrás del edificio. Jacob caminó entre las filas de vehículos aparcados hacia su camioneta. Edward no sabía que estaba pasando hasta que su hermano abrió las puertas traseras y arrastró hacia sí la nevera portátil.
— No sé vosotros, chicos, pero con todo lo que he tenido que hacer hoy, no pude alimentarme antes de la boda. Creí que tal vez no era el único que tenía ese problema, así que preparé un pequeño picnic. —Jacob abrió sonoramente la nevera.
Edward sonrió burlonamente ante la vista de las bolsas apretujadas entre el hielo. El bueno del viejo Jacob. Siempre estaba preparado. Debería haber sido Boy Scout de niño por su forma de comportarse como en aquellos tiempos.
— ¡OH, gracias Dios! —Emmet tomó la primera bolsa que Jacob le alcanzó.— Estuve tan ajetreado yendo de acá para allá, no tuve ocasión de alimentarme. Ni siquiera lo hizo Rose, estoy seguro.
— He traído suficiente para todos. —Les aseguró Jacob. Tendió ambas bolsas a Edward y Jasper.— Traeré a las señoras después que hayamos vuelto. Pensé que no sería conveniente que saliéramos todos al mismo tiempo. El flanco de los Cullen lo entendería, pero los Hale podrían sentirse confusos.
— Verdaderamente, amigo mío. —Dijo Jasper con una sacudida de cabeza.— Aún no estoy usándola toda. —Gesticuló con la bolsa en la mano, entonces la alzó y extendiéndola le asestó una dentellada.
Edward sonrió mientras les emulaba. Para alguien que exigía justo lo contrario, su cuñado hizo una imparcial parodia de alguien que estaba cómodo con su nueva situación. Fijándose, esto podría ser diferente si el terapeuta mordiera a la gente para alimentarse como en los viejos tiempos.
Los cuatro hombres quedaron en silencio mientras vaciaban sus primeras bolsas de sangre. Jacob deslizó las copas de plástico fuera de la furgoneta y dividió dos bolsas más entre aquellas cuatro tazas, y los hombres continuaron hablando mientras bebían. No pasó mucho tiempo antes de que la conversación volviera hacia la invitada no deseada de Edward. Emmet fue el primero que empezó comentando que ella parecía realmente agradable.
Edward resopló.
— No dejes que te embauque. Esa mujer es terca como una mula. Es como una de esas malditas garrapatas excavando bajo tu piel y quedándose allí. ¡Excavó de esa forma en mi casa y ya no se marchará!
Los otros soltaron una carcajada. Jasper sugirió.
— ¿Por qué no intentas algo de ese control mental que Alice intenta enseñarme? Tan solo accede a su mente y planta la sugerencia para que se marche.
— Ed no puede acceder a su mente. —Anunció Emmet con una sonrisa socarrona.
— ¿Lo has intentado? —Preguntó Jasper a Edward sorprendido.
— Por supuesto que lo he hecho. Desde la primera noche. —Ed frunció el entrecejo y sacudió la cabeza.— Pero parece que es resistente a la sugestión. Ni siquiera puedo leer sus pensamientos. La mente de esa mujer es como una trampa de acero. —Suspiró— Es condenadamente frustrante.
— Sí, y no se lo digas a Madre. —Le recordó Emmet.
— ¿Por qué no? —Preguntó Jasper.
Jasper le explicó.
— Madre dice que las parejas no deberían ser capaces de leer los pensamientos del otro, así que cuando te topas con alguien fuertemente dispuesto a bloquearte, lo cual ella dice que es algo fuera de lo común, deberías prestar atención, podría ser tú mejor compañera.
Emmet asintió con la cabeza.
— Así que si ella echa el lazo al viento....
— Ella decidirá con quien nos empareja. —Terminó Ed por él. Inmediatamente se sintió confuso. La última cosa que necesitaba era a su madre jugando a la casamentera y forzándoles a él y su editora a permanecer juntos. Por otra parte, Bella era el infierno de un jugador. Era atractiva, y de alguna forma había empezado a resultarle menos irritante desde que la conocía. Incluso podría llevarla a su casa. En caso de que se viera forzado al matrimonio...
— Así que yo no se lo diría si fuera tú. —Dijo Jacob.
— Estoy de acuerdo con Jacob y Emmet en ello. —Decidió Jasper mirando a Edward.— Pese a lo mucho que me gusta tu madre, una vez que se le mete una idea en la cabeza es como un niño insistente. Si no quieres que interfiera e intente empujaros a Bella y a ti, mejor será que no menciones que no puedes leer su mente.
— Demasiado tarde.
Los cuatro hombres se sobresaltaron culpablemente ante aquel comentario dulcemente entonado. Dándose la vuelta, se encontraron enfrentados a Esme. Edward gimió al ver la agresiva mirada en su cara. Era bastante obvio que lo había oído todo. Y a juzgar por su expresión, ya había empezado a maquinar algo.
Al menos eso era lo que él creía, pero se sorprendió al verla tomar la bolsa de sangre que Jacob le ofrecía y se volvía sonriendo a su hijo mayor.
— Edward, querido. Si quieres realmente librarte de mala manera de esa chica, ¿por qué no llegáis a un acuerdo para hacerla publicidad en la que ella participa? En cuanto estés de acuerdo con ella, se marchará.
— Porque no quiero. —Respondió casi sobresaltándose mientras escuchaba lo infantil que sonaba.
— Y no quiero oírte lamentarte, pero a veces tenemos que hacer cosas en esta vida que no nos gustan. —Sus palabras hicieron que todos se quedaran en silencio, entonces Esme asestó una dentellada a la bolsa de sangre y la vació. Cuando hubo terminado, se volvió hacia Edward y añadió— Bella no quiere estar aquí incordiándote más de lo que tú la quieras aquí. De todas formas, su trabajo depende de su habilidad para convencerte de acudir a uno de esos acontecimientos publicitarios. A ella le gusta su nuevo puesto. Quiere mantenerlo. No se marchará hasta que estés de acuerdo al menos una vez.
Observando su horrorizada reacción, Esme palmeó la mejilla de su hijo cariñosamente.
— Te sugiero que le digas que harás R.T. Por lo que me dijo esta mañana en el balneario es probablemente la mejor opción para ambos.
— ¿Qué es R.T? —Preguntó Edward recelosamente.
— Es la revista “Romantic Times”. —Le aclaró su madre— Tan sólo dile que la harás. —Entonces Esme Cullen se volvió y comenzó a andar mirando por entre las filas de coches aparcados.
— Veamos. Me pregunto como habrá averiguado que el trabajo de Bella depende de convencerte para que hagas esos eventos publicitarios. —Murmuró Jacob mientras observaba a su madre alejarse.
Jasper se encogió de hombros.
— Es muy buena haciendo que la gente le diga cosas que jamás tendrían intención de decirle. Hubiera sido una buena terapeuta.
Edward permaneció en silencio, y todos devolvieron sus copas vacías a Jacob. No sabía como su madre había descubierto lo que sabía, pero no dudo ni un minuto en que fuera cierto. Lo cual le hizo sentirse más miserable de lo que podría ser, de momento sabía con certeza que nunca se libraría de aquella mujer. Estaba desesperada y la gente desesperada suele ser tan endemoniadamente persistente como impredecible.
— ¡Aquí estáis!
Los cuatro hombres se dieron la vuelta separándose de la camioneta de nuevo, esta vez se encontraron con Bella Swan cara a cara. Había un guiño pícaro en su rostro que pillaba sus expresiones culpables y la forma en que intentaban ocultarle algo situado detrás de ellos.
— Rose te andaba buscando. Le dije que creía haberte visto salir y que te buscaría. —Le explicó, todavía mirándoles divertida— Intentó detenerme y dijo que vendría, pero es su boda, no puedo permitir que deje a sus invitados y salga a perseguir a cuatro depravados.
Edward intercambió una mirada con los otros. Todos ellos sabían malditamente bien que probablemente Rose se deslizaría fuera para un rápido sorbo tal y como su madre acababa de hacer. Bella, en su bondad, lo había hecho imposible.
— ¿Por qué nos llamas depravados? —Preguntó Jasper.
Bella gesticuló en el aire y sonrió.
— Por lo que estéis haciendo aquí fuera.
Los cuatro hombres intercambiaron miradas y formaron un grupo apretado, asegurándose de que la parte trasera de la furgoneta y la nevera portátil estuviera bien oculta; entonces Edward repitió:
— ¿Qué que estamos haciendo?
— ¡Oh, como si no fuera obvio! —Dijo con un bufido.— Saliendo a hurtadillas, revoloteando alrededor de la furgoneta. —Sacudió la cabeza y les echó una mirada condescendiente.— Puede que haya crecido en Nebraska , pero llevo viviendo en Nueva York lo suficiente como para entender a artistas de vuestra clase.
Ahora, las miradas que los hombres intercambiaron fueron de desconcierto. ¿Qué clase de artistas? Edward era escritor, Emmet era programador, Jacob un hombre de negocios y Jasper era terapeuta. ¿Qué clase de artistas? Y de todos modos, ¿que suponía ella hacían esa clase de artistas? La única forma de saberlo era preguntando. Edward lo hizo.
— ¿Qué es exactamente lo que estás pensando que hacemos aquí fuera?
* * * * *
Ella suspiró resignada.
— Estás fumando Maria. —Dijo ella en una palabra.
Los hombres se quedaron con la boca abierta; entonces Emmet soltó una sonrisa escéptica.
— ¿Qué?
Bella dijo exasperada.
— Maria. Marihuana. Venga chicos, seguro que estáis aquí fuera liándoos un ñorro.
— Esto... creo que se llama porro. —Interrumpió Jasper.
— Como se llame. Es lo que estabais haciendo, ¿verdad?
— Esto.... —Empezó Edward. Entonces él, Jacob, Emmet y Jasper rieron al unísono.
— Sí. Nos has pillado. Estábamos fumando un ñorro. —Concedió Emmet.
— Porro. —Corrigió Jasper.
— Sí. —asintió Jacob— Te ofreceríamos un poco, pero... nosotros... esto.
— Nos lo fumamos entero. —Terminó Emmet por él.
La disculpa de los dos hombres sonó repugnantemente falsa en la mente de Edward. Dios Santo.
— Oh, está bien. Yo no fumo nada. —Sonrió malintencionadamente añadiendo— Además, la cena está lista para ser servida. Creo que por eso Rose os andaba buscando.
— Probablemente, deberíamos entrar. —Dando un paso hacia delante, Edward tomo el brazo de Bella firmemente y dándose la vuelta la llevó hacia el edificio. Apenas habían dado dos pasos cuando escucharon como las puertas de la camioneta eran cerradas y los hombres se metían en ella. Fumando ñorros. Dios santo.
* * * * *
Edward estuvo distraído durante la cena, picoteando apenas la comida. La vista era muy buena, y creía en los comentarios de Bella, pero el caso es que no tenía demasiado apetito. Edward tenía sus pensamientos ocupados con el convincente reclamo de su madre de que el trabajo de Bella dependía de su colaboración. Edward no sabía el porqué, pero aquello realmente le estaba molestando. Y bastante.
—... bailar, Ed.
Edward echó un vistazo a su alrededor confundido. Había percibido únicamente las últimas palabras de su madre, pues estaba profundamente pensativo. Entornó los ojos ante su pregunta.
— ¿Qué?
— Te decía que deberías llevar a Bella a la pista y bailar con ella. Para apoyar a Emmet y Rose. Alguien debe empezar el baile.
Recorrió la pista de baile con una mirada, sorprendido al ver como la novia y uno de los camareros estaban bailando. La comida había terminado y ya había empezado el primer baile. Él, como cabeza de familia, debería ser el próximo. Por derecho, debería tomar a su madre, la matriarca, alentando a los otros a bailar, pero una mirada a Esme le dijo que ella había empezado su afán casamentero entusiasmadamente. No debería estar bailando con él.
Con un suspiro, echó hacia atrás el respaldo de su silla y tendió una mano a Bella. Su editora miraba pesarosamente incierta como colocaba los dedos en su mano y se levantaba, un hecho que le incomodó por razones que no podía y que no tenía intenciones de examinar muy profundamente. Se dijo a sí mimo que tan sólo era un baile obligado, y que su madre no podría forzarle a bailar con Bella de nuevo, Edward la condujo hacia la pista y la tomó en sus brazos.
Decididamente aquello fue un error. Bella se acomodó en sus brazos como si estuviera hecha para él. Su cabeza llegaba justamente a la barbilla de Edward, su mano era pequeña y suave en la suya, y el olor de su perfume flotaba en el aire atormentándole y excitando vagamente a su olfato. Sin apenas darse cuenta, se encontró acercándola tanto que su cuerpo parecía unirse al suyo, sus piernas y su pecho lo rozaban a cada paso.
Edward notó que estaba hambriento, lo experimentaba cada mañana al despertarse. Mientras dormía, su cuerpo procesaba la sangre bebida, reparando cualquier daño que el día le había causado y dejándole deshidratado y con una necesidad imperiosa de mucho más. Algunos días el hambre era peor que otros. Algunos días eran bastante apacibles, dejándole que pudiera entretenerse con otras cosas, como estaba haciendo esa misma mañana. Aún así, Edward supo que estaba hambriento. Asimiló que estaba sediento. Vivía diariamente con un anhelo profundo en sus huesos que amenazaba con hacerse cada vez más fuerte y que podría engarrotar su cuerpo con ello. Y ahora esto....
Agachó su cabeza, aspirando el aroma del champú de Bella mezclándose con el picante dulzor de su perfume. Olía vagamente a vainilla, como si de un rico y suculento postre se tratase o como si fuese un tazón de helado, y él tuviera un súbito y alocado deseo de lamer aquella zona de su cuello y...
Edward se enderezó bruscamente mientras se aferraba con fuerza a aquella idea. ¿Lamer su cuello? Mejor morderlo. Santo Dios, necesitaba más sangre. Había sido más bien descuidado con lo que consumía últimamente. Debido a algo parecido a la presencia de Bella no había estado metiéndose sus cuatro habituales pintas al día. La mayoría de las veces podía funcionar con dos, lo cual explicaba su extraña hambruna ahora. Estaba confundiendo el ansia que sentía por la sangre de Bella con el ansia que sentía por ella misma.
Aliviado en gran medida, le sonrió ampliamente cuando ella susurró su nombre. Parecía ligeramente sorprendida ante su sonrisa, entonces preguntó vacilante:
— ¿Ocurre algo? Has dejado de bailar.
Edward entornó los ojos, asombrado al darse cuenta, para su sorpresa, que se había detenido. Ahora se quedó simplemente plantado en medio del salón de baile abrazándola estrechamente. Muy estrechamente. Sus senos rozando contra su pecho, amenazaban con salirse del traje de noche. Y eran unos senos realmente preciosos. Rollizos y de un tono carnal rosa pálido que indicaban su sangre lozana. A Edward le habría encantado lamer el camino que conducía hacia aquellas esferas y...
— He de hablar con Jacob —Dijo jadeando— Ahora.
Soltándola de su apretado abrazo, comenzó a caminar hacia donde Jacob estaba bailando, dándose cuenta repentinamente de lo que acababa de hacer. Girando regresó hacia una desconcertada Bella que permanecía de pie, como si se tratase de una niña desamparada en medio de la pista de baile, tomó su brazo y se dirigió con ella de nuevo a su mesa. Caminó entonces alrededor de la pista, aliviado por que la música acabara justo en el momento en que llegaba al lado de su hermano.
— Jacob, cuando lleves a tu pareja de vuelta a la mesa, necesito hablar contigo fuera. En la camioneta. —Dijo significativamente.
— Claro. —Dijo su hermano pequeño— Estaré contigo en un momento.
Edward asintió con la cabeza y Jacob caminó con la hermana de Rose, que había sido una de las damas de honor, de regreso a la mesa principal.
— ¿Acabo de oírte decir que vas a salir a la camioneta?
Edward se dio la vuelta encontrándose a Alice detrás de él.
Ella y Jasper se habían incorporado a la pista de baile justo después que Edward y Bella. La pareja había permanecido cerca de allí, esperando la próxima canción para empezar a bailar. No le sorprendió que hubiera escuchado lo que acababa de decir.
Inclinó la cabeza en respuesta a su pregunta, y sintió la necesidad de explicarse.
— No he estado alimentándome lo suficiente desde que Bella llegó.
Alice asintió comprensiva.
— A Rose y a mí nos encantaría unirnos a vosotros. Lo ha estado diciendo antes de esto, pero con los preparativos de la boda y lo demás, ella...
— Vale, vale. —Interrumpió Edward. No necesitaba la explicación. Era feliz llevando a las mujeres a unirse a ellos.— Ve y tráela entonces. Jacob va a... Oh, la trae con él.
Jacob iba guiando a su nueva cuñada a través de la pista.
— Echaré un vistazo a Bella, así que no saldrá e intentará pillaros con los ñorros en la mano. —Dijo Jasper ligeramente mientras Jacob llegaba con la novia. Se puso en marcha para invitar a la editora a bailar.
— Bien, bien. —Edward ni siquiera sonrió. Cabeceó dando las gracias y condujo a los otros tres hacia el vestíbulo de recepción.
* * * * *
Bella se relajó en los brazos de Jasper en el momento en que empezaron a moverse, algo que no había sido capaz de hacer en los brazos de Edward. Había visto al escritor deslizarse fuera con su hermana, Rose y Jacob, y sospechaba que habían salido a fumar de nuevo. En su estimable opinión, los hombres podían hacerlo. Les ayudaba a relajarse, de eso estaba segura. El hombre había estado nervioso durante toda la comida, y... Bueno, se dio cuenta de que parecía justamente distraído durante toda la comida, ya que no le había permitido que la molestara a ella. Había estado ocupada charlando con su madre y su hermana, escuchando las divertidas historias de juventud de Edward que le contaba.
Si hacía caso a lo que su madre y su hermana le habían contado, descubría que Edward era en realidad un hombre muy susceptible, con una coraza dura y gruñona. Habiendo leído sus novelas, Bella creía que eso entraba dentro de lo razonable. Había un cierto anhelo en la forma en que retrataba a las parejas en sus libros, un ansia que iba más allá de la lujuria sangrienta de los vampiros o incluso más allá del deseo sexual. Sus personajes eran corazones solitarios, aspiraban a encontrar un compañero del alma para compartir sus largas vidas. Bella rumió si aquello era ahora un reflejo de sus sentimientos, si él nunca habría deseado esa clase de amor.
Jasper le hizo dar un giro, y ella le sonrió. El esposo de Alice era un bailarín mucho mas relajado que Edward. Ed casi había temblado con tensión mientras habían estado moviéndose por la pista, y aquello le había llegado a Bella, llenándola de una tensión en menor grado que era más bien inquietante. A pesar de la tensión, no obstante, se había encontrado fundiéndose en su abrazo, descansando la cabeza en su hombro y recorriendo íntimamente con sus dedos la nuca y rozando allí su cabello. Se había sentido aliviada aunque algo aturdida cuando el había dejado de bailar y se había marchado.
Vale, de acuerdo, se había sentido más aturdida que aliviada. Se había quedado allí plantada, con la boca abierta tras él, incapaz de creer que había regresado a su rudeza, cortesía de la casa, justo allí en medio en mitad de la pista de baile y donde todo el mundo les veía. Si no hubiera vuelto rápidamente y la hubiera llevado a su mesa, seguramente le habría seguido derribándole y dándole una patada en los cuartos traseros. Si, definitivamente había algo bueno en que hubiera salido a fumar. Seguramente aquello le había relajado.
* * * * *
— Creo que justamente deberías estar de acuerdo en hacer algo por ella. —Sugirió Jacob. Por supuesto, como siempre, Bella había sido el tema de conversación desde que habían llegado a la camioneta. Y para exasperación de Edward todo el mundo parecía tener consejos que darle.
— ¿Por qué no le dices que harás una de esas entrevistas? Como esa cosa del R.T. que madre sugirió. —Continuó Jacob— O dile que participaras en uno de esos eventos publicitarios, pero sólo en uno y no en una de esas tournée de firma de libros. Déjala escoger lo más adecuado para salvar su trabajo. De esa forma, será feliz y se marchará.
— ¿Dejar que ella elija? —Edward permaneció horrorizado ante la idea de darle a ella tanta influencia.— ¿Pero qué pasará si elige una de esas entrevistas televisivas?
Alice cacareó impaciente.
— No te matará el que pierdas media hora delante de la cámara Ed.
— Pero......
— Míralo de este modo. —Añadió su hermana.— Media hora frente a la cámara durante una entrevista o te encontrarás con Bella Swan acampanda en tu porche.
Jacob rió a carcajadas.
— Si es que te las ingenias para echarla de la puerta principal.
Edward le dirigió una mirada intensa, pero su hermano simplemente se encogió de hombros.
— Aparentemente te has estado ablandando con nosotros Edward —Continuó.— Hace cientos de años no habrías tenido ningún problema en echarte sobre su pequeño trasero en forma de corazón.
— ¿Es que acaso has estado mirando su trasero? —Le preguntó Edward ofendido.
— Claro, ¿por qué no? Ella está soltera. Yo estoy soltero. —Se encogió de hombros.— ¿Dónde está el problema?
Edward frunció el entrecejo. Aquello no debería suponer un problema y lo sabía. Pero por alguna razón, no le hacía gracia aquella forma de Jacob cortejando a Bella.
— Pobre Edward —Dijo Alice. Entornó los ojos interrogante, mientras ella le palmeaba el brazo como si necesitase que le apaciguaran— Seiscientos años y no sabes como tratar los sentimientos hacía Bella que crecen en ti. Seguramente con la edad algo de sentido común debería llegar.
— Parece como si los hombres permanecieran emocionalmente torpes, no importa el tiempo que hallan vivido. —Comentó Rose secamente.
Edward permaneció en silencio, sus pensamientos alborotados. Alice estaba dando a entender que inconscientemente se estaba enamorando de la chica. No, no lo estaba. Estaba seguro de ello. Pero no tenía porque gustarle o en cualquier caso darle la razón. Debido al ansia que había sentido alrededor de ella, Edward admitió ahora que no era lujuria sangrienta lo que había sentido en la pista, sino lujuria sexual. Quería a Bella Swan, su editora. Y aquello era una complicación que no podía permitirse. Si su mente no hubiera estado cerrada, podría haberla inducido deliberadamente a abandonarse y haber disfrutado de su cuerpo como quería. Lo cierto es que no había vivido como un monje durante sus seiscientos años de existencia. Pero su mente estaba cerrada, haciendo de ella una acción peligrosa.
Sacudiendo la cabeza, dejo a los otros en la furgoneta y regresó al vestíbulo de recepción. Hasta donde se daba cuenta, había estado padeciendo un shock, un sencillo apego debido a la proximidad cercana de alguien más. Lo dejaría pasar tan pronto como Bella Swan se hubiera marchado. Sólo tenía que dejar que se marchase.
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