Capitulo 7
— No lo estoy haciendo. —Anunció Edward, furioso bajo su calmada proclamación.
— Si, lo haces. —Esme Cullen insertó otra palabra en el crucigrama del diario. Ella había estado haciendo esa maldita cosa desde que él había llegado.
A Esme le desagradaba el olor y el ruido de la ciudad. Al padre de Edward, Claude, no le habría gustado más aquello. A parte de qué, vivir en la ciudad significaba mudarse cada diez años para evitar atraer atenciones no deseadas sobre el hecho de que no envejecían. Los padres de Edward se habían recluido completamente, comprando varios lotes de tierra a las afueras de Toronto, y construyendo su casa en medio de ellos. Así no tenían vecinos cercanos para preocuparse, y no necesitaban mudarse del todo si no lo deseaban. Al menos, no habían tenido que moverse en treinta años desde que la habían construido.
Edward ahora estaba sentado en la mansión familiar y miraba a su madre rellenar otra palabra. No tenía ni idea de porque ella perdía el tiempo con los cruentos crucigramas; siglos de vida combinados con una perfecta memoria lo hacían menos que desafiante. Encogiéndose, la miró ferozmente y repitió:
— No lo estoy haciendo.
— Si lo haces.
— No lo hago.
— Lo haces.
— No.
— Lo haces.
— Ya esta bien, los dos. Basta. —Interrumpió Jacob. Él había conducido hasta la casa familiar de Cullen después de que Edward le hubiese telefoneado, vociferando ininteligiblemente sobre ser engañado y gritando que iba a estrujar el precioso cuello de su madre. Jacob realmente no había creído que su hermano lo hiciera, pero la curiosidad le había hecho apresurarse para ver lo que ocurriría. Había llegado justo detrás de Edward, entrando en la casa pisándole los talones a su hermano, y aún no sabía porque el hombre estaba molesto.
Realmente quería saberlo. Era raro ver a Edward con el fuego ardiendo en sus ojos. ¿Gruñón, hosco, impaciente? Si, Ed era a menudo todo eso. ¿Apasionado con ferocidad? No. Bella Swan había encendido un fuego en él, el cual Jacob no había visto en sus quinientos años. Y Jacob estaba seguro de que tenía algo que ver con esa inestimable editora. Edward había gritado su nombre como una maldición varias veces mientras hablaban por teléfono. Era una de las pocas palabras que Jacob realmente había cogido.
Volviéndose a su hermano, Jacob preguntó.
— Así qué, ¿cuál es exactamente el problema, Ed? Pensé que estabas dispuesto a hacer una entrevista con esa revista Romantic Weekly para deshacerte de Bella. ¿Qué sucedió para cambiar eso?
— Romantic Times. —Corrigió rápidamente Edward— Y no es una sangrienta entrevista; eso es lo que cambio. Es una maldita conferencia.
— ¿Una conferencia? —Jacob recorrió con la mirada a su madre suspicazmente.— ¿Sabías eso?
Esme Cullen se encogió suavemente, lo cual era lo más cercano que ella haría a una confesión.
— No veo el problema. Serán solo un par de días en un hotel con algunos lectores.
— Cinco días, madre. —Contestó bruscamente Edward— Cinco días en un hotel con unos cinco mil fans. Y luego habrá un baile, firma de libros y...
— Una firma de libros. —Interrumpió su madre— Una firma de libros con un par de centenares de otros escritores allí. Tú no serás el centro. Tendrás suerte de obtener atención de todos.
Edward no se calmó.
— Y que hay sobre el baile y la cenas de entregas de premios y...
—Todos los actos son organizados por el hotel. No necesitaras exponerte al sol. Y...
— ¡No necesitare exponerme al sol porque no iré! —Gritaba Edward— No puedo ir.
— Iras. —Comenzó firmemente Esme, pero Jacob la interrumpió.
— ¿Por qué no puedes ir ? —Preguntó a Edward.
— Es por la situación, Jacob. —Dijo su hermano desagradablemente.— Posiblemente no pueda pasar sangre a través de la aduana del aeropuerto. Y no puedo pasar sin sangre durante cinco días. —Podría, realmente, pero no muy cómodamente. Los agarrotamientos le dejarían incapacitado, y su cuerpo comenzaría a consumirse a sí mismo.
Jacob frunció el ceño.
— Podría enviarte sangre una vez que estuvieras allí. Hacemos cosas así todo el tiempo.
— Allí. ¡Lo ves! —Su madre disfrutaba con su triunfo.— Iras.
— Gracias, hermano. —Edward desdeñó sarcásticamente al joven, luego gritó ferozmente a su madre.— ¡No voy! —Dijo de nuevo.
— Diste tu palabra.
— Me engañaron para que diese mi palabra. Tú me hiciste creer que sería una entrevista.
— Nunca dije que fuese una entrevista. —Sostuvo Esme. Entonces subrayó.— Diste tu palabra de que irías e iras.
— Pude haber dado mi palabra, pero no firme un contrato o algo así. No iré.
Esme se sacudió fuertemente como si él la hubiese abofeteado. Sus palabras fueron lentas y frías.
— La palabra de un hombre acostumbra a ser su garantía.
Edward se sobresaltó, pero gruñó.
— Solía ser. Los tiempos han cambiado. En este mundo, un hombre no tiene que hacerlo a menos que este escrito.
— En estos tiempos, eso es cierto. —Concedió ella, sus ojos contrayéndose en él— Pero así no es como te criaste, Edward Cullen. ¿No eres un gran hombre de palabra?
Edward apretó sus dientes, su furia e impotencia combinándose. Su madre estaba usando toda su influencia, cuestionando su honor y usando su nombre y sus apellidos para exteriorizar su vergüenza si él se echaba atrás en su palabra. ¿Podría decepcionarla realmente?
* * * * *
Bella mordisqueaba la uña de su dedo gordo mientras caminaba arriba y abajo por la alfombra de la puerta de llegadas. Su avión se había adelantado y el avión de Edward Cullen iba con retraso, lo que quería decir que llevaba esperando casi dos horas. Y no estaba segura de si Edward iría en el avión.
Ella le había enviado los billetes y toda la información de la conferencia del Romantic Times el día después de irse de Toronto. No había recibido una carta de Edward diciendo que no vendría, pero tampoco había recibido una diciendo que iría. Todo lo que Bella sabía, era que él no había leído su maldita carta. Como siempre. Le habría llamado, tenía el número, pero Bella repentinamente se acobardó. Tenía miedo de lo que él pudiera decirle sobre que hacer con sus billetes.
Gimiendo, cambió de dirección y caminó abajo y arriba por donde había venido. Habían pasado cuatro semanas y tres días desde que dejó Toronto. Había sido consentida y felicitada todo ese tiempo en las oficinas de Roundhouse Publishing. Allison había estado asombrada de que hubiese tenido éxito donde Edwin había fallado, una pequeña y simpática delicadeza que había tenido el descuido de no mencionar. Parecía que su trabajo no estaría en peligro después de todo; sino que al convencer a Edward a asistir al congreso había incrementado su estima en los demás. Allison era ahora positiva en que Bella "podía hacer el trabajo". Su posición era segura.
Excepto cualquier estúpido y gran error por su parte, añadió para sí misma. Que no incluiría que Edward simplemente no apareciera después de todo el dinero que habían gastado en inscribirle, comprando sus billetes de avión en primera clase, y obteniendo la suite de tres habitaciones que ella había insistido en coger en el hotel. Bella había dicho a Allison que había prometido a Edward esos arreglos. Y en cierto modo lo hizo; le había prometido a la salida de la puerta que no se lamentaría por ir, y que estaría con él todo el tiempo para asegurarse de que todo saldría adecuadamente.
Había considerado el mejor modo de hacerle feliz en el vuelo de regreso a Nueva York, y había continuado pensándolo en casa por la noche, pensando que si fuese a la oficina el lunes y encontrase un mensaje de Edward rehusando atenderla, le influiría con todos esos arreglos especiales para intentar persuadirle, pero todavía seguiría adelante con todas las cosas que tenía planeadas.
Estaría pegada al lado de Edward casi veinticuatro horas al día, y cuando no pudiese estar allí, por ejemplo, cuando tuviese que usar el cuarto de baño, o cuando ella tuviese que ir desapercibidamente al de mujeres, alguien estaría por allí. Había reclutado a Chris Keyes, uno de los dos editores masculinos en Roundhouse Publishing, para echarle una mano en la misión.
Había estado preparada para implorar, sobornar e incluso recurrir al chantaje para traer al redactor principal para ayudarla, pero al final, no había tenido que hacer nada de eso. A pesar de que Chris tenía a un montón de sus escritores para cuidar en el congreso, él inmediatamente había estado de acuerdo en ayudarla.
Bella supuso que la promesa de su propia habitación en una suite de tres dormitorios, antes que compartir un cuarto normal de dos camas con Tom, el V.P. de promoción (en practicas), había ayudado. Pero C.K., como ella algunas veces le llamaba, era además un gran admirador de las series de vampiros de Edward. Chris había echo una tonelada de preguntas acerca del hombre después del regreso de Kate de Toronto, pero ella sólo había continuado contestando con: "le conocerás pronto. Espera y verás." Ella había estado aterrada de que si le decía la verdad, rehusara a ayudar.
Un incremento en el nivel del ruido alrededor de ella movió la atención de Bella a una masa de gente subiendo por el vestíbulo. El avión había llegado, y estaba a punto de enterarse si Edward había venido. Bella pidió a su madre que le molestase repetidamente sobre eso, pero no estaba del todo segura de que esa formidable mujer podría lograr hacerlo.
Con las manos como puños a los lados, Bella registró el montón de caras entrantes. El congreso oficialmente comenzaba el miércoles; pero había hecho una reserva para Edward en el vuelo nocturno del martes para impedir que su alergia a la luz del sol fuese utilizada como una excusa para no ir. Ella y Chris habían volado temprano para reunirse con él. Sus llegadas habían sido una hora antes, impidiendo a Bella arriesgarse a ir al hotel a registrarse y luego regresar a recoger a Edward, así es que Chris se hizo naturalmente con el control de sus equipajes y fue al hotel mientras Bella esperaba el vuelo de aedward.
Mira, si hubiera sabido que el vuelo de Edward iba a llevar tanto retraso, podría haber ido con Chris y podrían haberse tomado una, dos o tres copas antes de volver. Estaba tan nerviosa por el congreso que tenía acidez de estómago. O quizás era una ulcera; había oído que eso era una enfermedad común en los editores.
Los pensamientos de Bella murieron abruptamente cuando su mirada se fijó en un hombre que había estado al lado de un paquete. Reconocería en cualquier parte esas musculosas espaldas y la forma majestuosa con que mantenía su cabeza. Edward. Él estaba concentrado en ella, sus largas zancadas rápidamente trayéndole por delante de los pasajeros que desembarcaban.
— Gracias. Esme. —Murmuró ella, sin importarle que ese hombre se viera tan hosco como siempre. No esperaba menos. Él estaba allí, y eso era todo lo que importaba. Una sonrisa aliviada se formó en sus labios, Bella avanzó para saludarle.
— Viniste. —No había tenido intención de decir esas palabras, o mostrar su alivio, pero así lo hizo.
Edward la miraba ceñudamente.
— Dije que lo haría. Soy un hombre de palabra.
La sonrisa de Bella se amplió aun más; entonces bajo la mirada hacia la maleta, el neceser, el portafolios, y el ordenador portátil que llevaba.
— Aquí, déjame cogerte eso.
Ella le cogió el portafolios y el portátil antes de que él pudiese detenerla. No se mostró contento por su ayuda.
— Puedo llevar mis cosas, gracias. —Dijo él. Sus palabras fueron duras, y trató de recuperar los artículos. Bella ignoró el intento y meramente comenzó a andar hacia delante, balbuceando con decidida alegría.— Chris se adelantó al hotel para registrar nuestra entrada, así que todo lo que tenemos que hacer es ir allí y acomodarnos. Hice los preparativos para que tu vuelo fuera nocturno porque recordé tu alergia al sol. Lo mejor que pude hacer fue que salieses al caer la tarde y llegases al anochecer, lo cual pensé que sería mejor que salir y llegar durante el día. Esto es bastante bueno, sin embargo, porque ahora tenemos toda la noche para relajarnos antes de que los demás lleguen mañana.
Edward había estado mirando ceñudo la espalda de Bella, su corazón, realmente, si era honesto; pero esas palabras le hicieron girar los ojos y hacer una mueca. Se había preguntado porque su vuelo había sido programado la noche antes del congreso, pero había supuesto que todo el mundo lo hizo así. Ahora sabía que ella lo había arreglado por su preocupación por él. O, más probablemente, la preocupación de que rehusaría a volar durante el día debido a su "alergia". Qué pena, ahora tenía que estar agradecido.
— Aquí estamos.
Edward había estado considerando comentar su amabilidad por hacerle volar de noche, pero abandonó la idea al ver el coche al lado de donde ella se había detenido. Era un sedan negro, una mini limusina. Ella le dio su portátil y su portafolios al conductor con una sonrisa, luego se dio la vuelta e intentó coger el neceser de Edward mientras esperaba que el conductor dejara los objetos en el maletero. Edward frunció el ceño y la esquivó para que sus manos no le alcanzaran. Él se acerco al maletero y metió sus cosas él mismo. La tonta mujer intentaba ayudarle, pero Edward estaba acostumbrado a hacer las cosas a la inversa. En la era en que se había criado y sus actitudes se forjaron, se suponía que él tenía que llevarle las cosas de ella; no le permitiría llevar su carga.
El conductor cerró el maletero y acercó la puerta de pasajeros hasta donde Bella estaba parada. Aparentemente, ella no apreciaba la gallardía de Edward en rechazar su ayuda. Ese hecho era exasperante para Edward. Alguien debería enseñar a esa tonta mujer que a los hombres les habían dado la resistencia física para soportar las cargas de la vida. Las mujeres recibieron belleza para complacer al hombre. Resolviendo ignorarla, se sentó en el asiento trasero cuando el conductor abrió la puerta, después se concentró en un digno tú-no-existes-para-mi y se quedó mirando fijamente al centro.
En el momento en que se cerró la puerta, fue envuelto en una nube de su tentador perfume. No sabía cual llevaba, pero debería ir con una advertencia: "Intoxicante, y probablemente cause confusión en aquellos que lo inhalen." Él mismo ciertamente sufría confusión por ello.
La irritación le alcanzó. Había estado sintiéndose traicionado durante cuatro semanas, desde que ella había salido de su casa, y él había estado alimentando esa cólera. Incluso ahora, cuando el olor del perfume de Bella le rodeó, su cólera estaba sobrecogida por una reacción completamente diferente pero igualmente apasionada.
Los hombres sufrían un terrible contratiempo, decidió él con disgusto cuando encontró que su afilada cólera era apagada por la lujuria. Lo asombroso era que le había costado seiscientos años reconocer ese hecho.
— Traté de hacer todo lo que pude para que fuera tan confortable para ti como fuera posible. —Dijo Bella, consiguiendo su atención.— Lo que me gustaría hacer es perfilar todo lo que he arreglado. Luego, si tienes cualquier sugerencia, quizás pudiéramos considerarlas esta noche así estaremos listos antes de que todos los demás lleguen. ¿De acuerdo?
Edward gruñó asintiendo, luego deseó no haberlo hecho cuando ella sacó un archivo de su espacioso bolso y cambió de posición acercándose a fin de que él pudiera obsérvala abrirlo. Realmente no la quería más cerca. Su perfume era demasiado perturbador para su equilibrio; la percepción de ella iba a ser...
Edward inspiró profundamente y suspiró cuando ella abrió el archivo e involuntariamente le rozó con su brazo. Luego su fija mirada se posó en el principio de la pagina de la agenda. Frunció el ceño.
— Según esto, el congreso comenzó el domingo.
— No. —Dijo Bella. Entonces se corrigió a sí misma— Bien, si. Habían algunos acontecimientos para cualquiera que quisiera participar con anticipación, pero el comienzo oficial no es hasta mañana.
— Hmm. —Edward decidió mantener su boca cerrada. Debería estar agradecido que no le hubiese obligado a experimentar la majadería del pre-congreso, también.
— Entonces. —Dijo su editora regresando a su resuelta alegría.— Mañana comenzaremos con el paseo matutino con modelos de portada. Después el desayuno.
— ¿Qué diantre es un paseo matutino con modelos de portada? —Interrumpió Edward. Él ya había visto el orden de la agenda, de acuerdo, ambos en Internet y en los apuntes que ella le había enviado. Pero nada había descrito los acontecimientos enumerados.
— Er... bien, realmente, no estoy segura. —Admitió. Aclaró su garganta, con una sonrisa pequeña y tensa.— Pero no tiene importancia. No tienes que asistir.
— ¿No? —La miró fijamente, suspicazmente. ¿Algo a lo que ella no quería que asistiera? Eso parecía extraño. Había estado seguro de que le arrastraría a todas las funciones.
— No. Tu primer acto oficial será la bienvenida Brunch y R.T. Los premios.
Edward movió la cabeza. Eso no sonaba tan malo. Podría comer. Aunque los premios en parte probablemente serían aburridos.
— Después estará la sesión de bienvenida del lector y el debate. —Siguió.— Allison y Chuck te quieren allí.
— ¿Quienes son Allison y Chuck?
— Allison es la editora principal, mi jefa. —Explicó Bella.— Y Chuck es el presidente de la compañía. Definitivamente esperan que asistas a la sesión de bienvenida.
Edward hizo una mueca.
— ¿Qué es eso?
— Eso... —Pareció estar muy confundida por un momento.— Bien, cada editor, la mayoría de ellos, de cualquier modo; alquilan una sala de actos en el hotel, y los escritores y editores conversan con los lectores que entran.
— ¿Quieres que hable con la gente? —Preguntó horrorizado. ¡Por Dios!, debería haber hecho la firma de libros. Eso habría sido menos molesto, solo un garabato con su nombre.
— Por supuesto que quiero que converses con la gente. —Dijo Bella exasperada.— Puedes hacerlo. Te he visto hablar. —Permaneció silenciosa y se le quedó mirando, la alarma expandiéndose por su cara. Se mordió los labios.— O quizá podamos pasar de eso. No, Allison y Chuck tendrían un ataque. Tienes que ir. —Suspiró excesivamente.— ¡Oh, maldita sea!. Esto no es bueno.
— No, no lo es. —Edward expresó su acuerdo inclinando la cabeza. Entonces dio un brincó con sorpresa cuando la puerta se abrió a su lado. Aparentemente habían llegado. Sin que se diera cuenta, el coche había parado, y el conductor estaba esperando que se apeasen. Dándole las gracias con la cabeza, Edward salió luego se dio la vuelta y tomó la mano de Kate cuando ella le siguió.
— Necesitaremos trabajar en ti esta noche. —Decidió cuando ella se enderezó a su lado.
Edward se puso firme y dejó caer su mano.
— ¿Trabajar en mi?
— Si. Trabajar en ti. —Repitió Bella. Siguieron al equipaje de Edward hasta el hotel. Este estaba en un carrito, empujado por un mozo de hotel uniformado. Aparentemente el conductor había bajado el equipaje antes de abrirles la puerta.
— No necesito trabajar. —Dijo Edward irritablemente cuando pararon en el ascensor.
— Si, Edward, lo harás. —Bella sonrió dulcemente al mozo del hotel al abrirse las puertas, y él gesticuló para que entrasen.
— No lo haré. —Insistió Edward, después de eso, se apretó de pie contra Bella para dejar lugar al carrito del equipaje.
— ¿Podemos hablar de eso después?
Bella inclinó impacientemente la cabeza hacia el mozo de hotel y pulsó el botón de su piso. Al menos Edward asumió que era su piso. No tenía ninguna indicación, aunque ella había dicho que alguien llamado Chris ya les había registrado la entrada. Supuso que ese Chris era otra editora. Se preguntó si sería tan molesta como Bella.
Recorrió con la mirada al mozo del hotel, confuso con el deseo de Bella de postergar esto. El hombre era un criado, apenas valía preocuparse por eso. Aunque no quería tampoco discutir.
— No. Aquí no hay nada de que discutir. No necesito trabajar en nada.
— Si lo harás. —Insistió Bella— Y no voy a hablar de esto ahora.
— No hay nada de lo que hablar.
— Lo hay. —Contestó bruscamente.
El mozo del hotel rió suave y ahogadamente, y Edward le miró encolerizadamente. Había habido un tiempo en el que los sirvientes conocían su lugar y eran sordos y mudos para tales discusiones. Aquel tiempo no era este. Constantemente se olvidaba de lo duro que se había vuelto el mundo.
Las puertas se abrieron y el mozo del hotel sacó el carrito afuera; después les dirigió hacia un largo pasillo con incontables puertas. Al final se detuvo, sacó una llave magnética, abrió la puerta, y empujó dentro el carrito.
— ¿Qué habitación será su dormitorio, señora? —Preguntó el, deteniéndose en medio de una amplia habitación situada en lo alto como una sala de estar.
Su pregunta puso otro semblante ceñudo en Edward. Él era el hombre; el tipo le debería haber preguntado a él.
— No estoy segura. Solo déjelos aquí. Podemos arreglárnoslas, gracias. —Bella aceptó la llave magnética del tipo y le dio una propina, haciendo que Edward mirase ceñudo de nuevo, esta vez a si mismo. Él era el hombre; él debería haberle dado una propina al mozo del hotel. Su única excusa era que había sido un día largo. Su vuelo había salido a las tres de la tarde, pero había tenido que salir para el aeropuerto a la una para pasar el control de seguridad. Llevaba puesto un traje de calle, sombrero y gafas de sol, y crema de sol en las manos, pero por supuesto, una parte de la luz del sol había pasado a través de aquello. Su cuerpo había soportado un daño que su sangre ya estaba trabajando para corregir. Se sentía agotado y necesitaba alimentarse, una condición que comenzaba a asociar con Bella Swan.
El chasquido de la puerta cerrándose atrajo su mirada de regreso a ella, y Edward reanudó su discusión inmediatamente.
— No necesito tener que trabajar.
— Edward. —Su editora comenzó cansadamente. De pronto perdiendo los estribos, dijo desagradablemente— Mira. Te llamas como un producto lácteo, pareces un ángel ceniciento y hablas como un malo Bela Lugosi. ¡Necesitas trabajar!.
— Caspita, Bella.
Edward comenzó a ver a un alto, delgado y rubio hombre entrar en la habitación. Él daba palmadas lentamente, con una abierta e incontenible sonrisa en su cara.
— Tendrás que darme consejos para manipular a los escritores. Nunca he presenciado un hecho parecido a este.
— Oh. Chris. —Bella suspiró infelizmente.
— ¿Este es Chris? —Preguntó Edward con súbita desilusión.
Su editora petrificada de nuevo dijo simplemente:
— Sí.
— Nunca dijiste que fuese un hombre. Hazle salir.
Los ojos de Bella se estrecharon en él, la furia ardiendo en ellos.
— Mira, Edward.
— No. —Exclamó Chris. Él levantó sus manos en un gesto conciliador— Bella, él no suena como Bela Lugosi. Le falta ese acento ofensivamente zalamero.
La ira de Bella se volvió contra su compañero de trabajo.
— Quise decir que usa terminología pasada de moda.
Chris meramente arqueó una ceja. Un momento después agregó:
— Y su pelo es demasiado oscuro para que sea un ángel ceniciento.
— ¡Cállate! Quédate fuera de esto.
El editor se rió, por lo visto no ofendido.
— Y Allison y Chuck se preocuparon de que no podrías manejar a este tipo.
— ¿Quien es este caballero? Preguntó Edward a Bella rígidamente. Si ella decía que era su marido, su novio o su amante, entonces temía que pudiese actuar de forma violenta.
— Chris Keyes. —Anunció Bella— Él es un editor en Roundhouse, también. Chris Keyes, te presentó a Edward Cullen, también conocido Edwin Cal, el escritor de vampiros.
— Un placer, Sr. Cullen. —El larguirucho editor dio un paso al frente y ofreció su mano en bienvenida.
Edward automáticamente se estremeció, pero preguntó:
— ¿Tú eres editor?
Keyes asintió con la cabeza.
— ¿Qué editas?
— Romances, como Bella.
Edward inclinó la cabeza lentamente, entonces preguntó esperanzadoramente:
— ¿Eres homosexual?
Los ojos de Chris Keyes giraron en estado de shock.
— ¡Edward!
Edward recorrió a Bella con la mirada molesta. Sonaba como su madre cuando ladró eso. Admitiendo la forma en que su editora estaba sonrojándose y luego palideciendo por turnos, optó por no mencionarlo.
Un torrente de risa le hizo dirigir su mirada de nuevo a Chris. La expresión atontada del joven había dado paso a una profunda carcajada. Edward esperó pacientemente a que él se recobrase.
Cuando el regocijo de Chris murió en una risa ahogada, él preguntó:
— ¿Qué te hizo preguntar semejante cosa?
— Eres un editor romántico. Ese es el trabajo de una mujer.
— Ah. —Sonrió Chris— Pero tú los escribes. ¿Eres tú gay?
Edward permaneció con la mirada fija durante un instante, luego sonrió abiertamente, pillado.
— Touché.
Bella no estaba divertida. Permaneciendo en medio de los dos, miraba encolerizadamente a Edward.
— Chris bondadosamente ha estado de acuerdo en ayudarme a vigilarte este fin de semana. No serás grosero con él. —Le miró ceñudamente y agregó.— Al menos, no más grosero de lo que normalmente eres.
Edward miró ceñudamente hacia atrás.
— No necesito ser vigilado.
— Tú...
— Bella. —Interrumpió Chris.— Se está acabando el tiempo. Si aún quieres ir a la fiesta de Bobby, entonces lo que deberías hacer...
— Oh, ¡mierda! —Bella miró su reloj. Pareció olvidarse completamente de Edward y preguntó a su compañero de trabajo,
— ¿Dónde dejaste mis cosas? Es típica del Oeste. Tengo que cambiarme.
— Las puse en esa habitación. —Chris apuntó hacia una puerta a su derecha.— Pensé que si no te gustaba, podríamos cambiarlas más tarde.
Edward meramente asintió con la cabeza. Entrando precipitadamente en la habitación, dio un portazo detrás de ella. Chris solo negó con la cabeza.
Edward miró ceñudamente después a Bella. Si ella esperaba que fuese a esa fiesta, tendría que pensar otra cosa. No tenía la intención de ir a una fiesta típica del oeste después de llegar del vuelo.
— Entonces, supongo que tú y yo estamos solos esta noche, Ed. —Dijo Chris alegremente. Edward repentinamente volvió a pensar en la fiesta. Bella estaría allí. No este tipo.
— ¿Por qué estas aquí?. —Preguntó al editor.
Chris sonrió abiertamente.
— Supongo que es para mantenerte a salvo. Cuando Bella no pueda estar por aquí. Como esta noche.
— ¿Mantenerme a salvo? —Repitió Edward.— ¿De qué?
Chris frunció sus labios y consideró. Luego sonrió abiertamente.
— ¿Tú nunca has estado en una conferencia de Romantic Times? ¿Lo has hecho, Edward?
Edward meneó su cabeza. Se sorprendió cuando Chris le golpeó ruidosamente con una mano en su hombro y le dirigió hacia la barra de la esquina.
— Tomemos algo mientras te lo cuento. Vas a necesitarlo.
Edward se inquietó mientras observaba a Chris verter en el vaso el escocés que pidió. Comenzaba a creer que este congreso sería más doloroso de lo que había temido.
— Aquí tienes. —Chris le dio su bebida. El editor gesticuló para que se dirigieran al sofá, el cual estaba colocado contra una ventana que lo separaba de la pared.
Edward se acercó hacia allí, pensando repentinamente lo hambriento que estaba.— ¿Se ha entregado un paquete para mí aquí?
— No que yo sepa. Estoy seguro de que lo hubieran mencionado cuando me registré. —Contestó Chris. Él se sentó en una silla de la habitación, dejando el sofá para Edward— Pero bueno, no se si esta tú nombre registrado para esta habitación.
Edward se tensó. ¿no iba a ser él el hombre en cualquiera de estas situaciones?
La puerta del dormitorio a través de la cual Bella había desaparecido de pronto se abrió, y ella salió rápidamente. Edward automáticamente se acercó a ella, olvidándose de que esperaba la entrega de sangre. Miró boquiabierto a la mujer. Llevaba puestos el par más apretado de pantalones vaqueros, que comenzaban en su cadera, que él había visto desde que nació. Estaban complementado por botas vaqueras que llegaban a las rodillas, una camisa a cuadros, una chaqueta de ante con flecos, y un sombrero vaquero que parecía como si hubiera sido maltratada. Se veía tan sexy demonios.
— Bella. —Llamó Chris.— ¿Pusiste el nombre de Edward en la habitación?
Kate le recorrió con la mirada sorprendida.
— Claro que no. Tenía miedo de que alguien pudiese asociar los nombres de Edward Cullen y Edwin Cal y se figurase que esta era su habitación. La idea de coger esta suite completa fue que ninguno de sus fans pudiese encontrarle. ¿Por qué?
— Ed espera una entrega. Pienso que la habrán rechazado si piensan que él no esta aquí.
Bella dirigió una mirada de disculpas a Edward.
— Lo siento. Sólo llámales y haz que lo entreguen a mi nombre. ¿De acuerdo?
Edward inclinó la cabeza lentamente, sus ojos deleitándose en ella. Ella se sonrojó bajo su examen, entonces dijo:
— Intentaré no llegar tarde. Chris te vigilara hasta que vuelva. Cualquier cosa que quieras, el hombre ira, ¿de acuerdo?
Edward inclinó la cabeza otra vez, su lengua pegada dentro de su boca.
— Chris. —Ella fijó su atención en su compañero de trabajo.— Haz que vea algo de televisión. Quizás pueda actualizar su forma de hablar observándola.
El otro editor se rió.
— Bella, amor, si ver la televisión no le ha hecho hacer cambiar su forma de hablar antes, una noche apenas va a hacerlo.
— Él no tiene televisión. —Explicó secamente.— Al menos, no vi ninguna. —Se volvió con una mirada curiosa a Edward.— ¿Tienes una?
Él negó con la cabeza. La televisión, en su opinión, pudría el cerebro.
— No creí que la tuvieras. —Dijo ella con satisfacción. Ella aleccionó a su amigo.— Haz que la vea. Os veré mas tarde.
Ambos hombres permanecieron silenciosos hasta que la puerta se cerró detrás de Bella. Edward se hundió en el sofá.
— ¿Por qué te levantaste? —Preguntó Chris curiosamente.
— Una dama había entrado en la habitación. —Contestó Edward distraídamente. Su vista permanecía aún completamente en Bella, la vaquera. Usualmente prefería a las mujeres vestidas más femeninamente, pero no había nada masculino en Bella con ese traje.
— Estas bromeando acerca de la televisión. ¿verdad? —Preguntó Chris— ¿Realmente no tienes una?
— No. Nunca la tuve.
— ¡Cielos hombre! —Chris cogió el mando a distancia de la mesa. Edward lo reconoció, tenía uno para su estéreo en casa. Este era para la televisión. El editor dio un clic y sonrió.— Estas a punto de experimentar un placer, Ed . Te vas a enamorar de la televisión.
Edward hizo una mueca. Dudaba mucho de que amase la televisión. Era más un tipo de teatros. Los viejos hábitos eran difíciles de matar.
Comenten, si???
Ademas si me dejan su correo, les mando una adelanto del siguiente capitulo.
Saluditos
Danika.
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