miércoles, 9 de marzo de 2011

Adelanto "Amores que Persisten". Capitulo 1

—Me alegro de verte, Bells. ¿Cómo está Emmet? ¿Y tu madre? ¿Sigue preparando esos deliciosos pasteles de manzana y pasas?

Exasperada, resistió el impulso de dejar caer el bolso y el maletín para apretarse las sienes, presintiendo un terrible dolor de cabeza. El tal Edward Cullen hablaba con una confianza absoluta. Se había dirigido a ella por el apodo que sólo utilizaban la familia y los amigos íntimos, conocía el nombre de su hermano y había mencionado la especialidad culinaria de su padre.

—Emmet está bien. Mi madre murió hace varios años. ¿Cómo…?

Sus ojos azules adoptaron una mirada cálida de condolencia. Tenía un rostro muy expresivo. Evidentemente, nunca se había molestado en aprender a ocultar sus emociones, como hizo Bella bastante tiempo atrás.

—Lo siento —dijo con sinceridad—. Era una mujer encantadora. Debes de echarla mucho de menos.

De nuevo la pilló desprevenida. Respondió secamente.

—Sí.

Volvió a sonreír. Ella sospechó que nunca pasaba mucho tiempo con un semblante serio.

—¿Aún no estás convencida de que nos conocemos?

—No —respondió con absoluta sinceridad.

Él fingió un suspiro, aunque sus ojos delataban su diversión.

—Estoy desolado —dijo con voz profunda.

Pensó que haría falta mucho más para que aquel hombre se sintiera desolado. Era la personificación del egocentrismo masculino. El tipo de hombre que Bella había aprendido a evitar.

—Lo siento, pero ni siquiera me suena su cara. ¿Es amigo de Emmet?

—No exactamente —replicó—. ¿De verdad no te acuerdas de mí? —preguntó con un brillo travieso en los vividos ojos azules.

Bella arrugó la frente y lo examinó. Había viajado mucho con su familia. Había conocido a mucha gente a lo largo de los años, y había olvidado a la mayoría. Pasó una temporada en Texas, y aquel estado le gustó más que ningún otro. Poco tiempo después del divorcio, decidió instalarse en Dallas. Sin duda, si lo hubiera conocido durante los últimos años, se acordaría de él.

Era difícil calcular la edad de aquel hombre. Ella tenía treinta y tres años, y dedujo que él debía rondar la misma edad, a juzgar por sus ojos y su aire de confianza en sí mismo. Se preguntó si habrían ido juntos al colegio durante el año que pasó en Irving, cerca de Dallas. Pero no recordaba a nadie que se llamara Edward Cullen o que se pareciera a él.

—No —dijo por fin, sin muestras de arrepentimiento—. No me acuerdo. ¿Quién es usted?

—Ya te lo he dicho. Edward Cullen —respondió, sonriendo.

Se volvió airada.

—No tengo tiempo para esto.

Empezó a alejarse, sospechando que algo funcionaba mal dentro de aquella cabeza tan atractiva.

La siguió rápidamente hasta los escalones.

—¿No te interesa saber cómo nos conocimos?

—No lo bastante para seguir con este juego —replicó sin aminorar la marcha.

—Los juegos pueden estar bien —sugirió.

—Sí. Para los niños.

—Vamos, Bells, no te pongas nerviosa. No es posible que hayas cambiado tanto. Antes te gustaba divertirte.

—¿Se supone que esto es divertido? —preguntó, lanzándole una mirada.

—Tómatelo como un reto —dijo sonriente—. Te doy tres oportunidades para que adivines cómo nos conocimos.

—Lo siento. No me gusta jugar a las adivinanzas.

Se dirigió a la puerta giratoria. Él la atrapó por la cintura.

—¿A qué te gusta jugar?

—A nada. Adiós.

Se apresuró a cruzar la puerta antes de que él pudiera detenerla. La siguió a la acera. Empezaba a pensar que tendría que llamar a un policía para librarse de su compañía. Él se puso unas gafas de aviador y sonrió. Bella tuvo la impresión de que aquella sonrisa era aún más brillante que la luz del sol. «Avasalladora, pero muy atractiva», pensó con cierto deseo que se negó a reconocer.

—Ven a cenar conmigo —propuso.

No era una pregunta, sino una orden. Bella se sintió irritada, y el deseo desapareció.

—Lo siento.

Bajando la cabeza, se dirigió al aparcamiento, pensando en el guarda jurado que lo vigilaba.

—Vamos a comer marisco. Seguro que aún te encanta. Gambas a la plancha, langosta, percebes…

Se preguntó cómo sabía todo aquello. Miró a su alrededor buscando a Cal, el guarda, se aferró al bolso negándose a responder.

—Bells…

Se volvió hacia él, furiosa.

—¡Deje de llamarme así! Dígame quién es, o piérdase. Ya le he dicho que no me gustan los juegos.

La miró con tristeza.

—Creo que hace demasiado tiempo que no te concedes un momento de diversión —observó—. ¿Qué te ha pasado, Bells?

—Que he crecido —respondió, alzando la barbilla—. De la forma más difícil. Ahora, si me permite…

—Es verdad que nos conocemos —dijo con tono ligero, recuperando la sonrisa.

—Si eso es cierto —dijo en tono que indicaba que no lo creía—, seguramente me he olvidado de usted porque no me gustaba.

Ni siquiera pestañeó. Su sonrisa se hizo más amplia y abrió los brazos en un gesto de inmodestia.

—Imposible. ¿Qué es lo que podría no gustarte?

Se mordió con fuerza el interior del labio para contener una sonrisa, diciéndose que no debía darle ánimos.

—Estoy segura de que se me ocurriría algo —murmuró.

Después, girando sobre un tacón, se dirigió hacia el coche, con la cabeza levantada y sin mirar atrás.

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