Anoche estuvo en la residencia de Omar —dijo Swan.
—Omar no quiso recibirme.
—¿Y no podría usted haber forzado la entrada de su residencia y ponerle una pistola en la cabeza? —preguntó el capitán—. ¿Reconoce esta arma, efendi? —añadió mientras desenrollaba un paño grueso. Un cuchillo manchado de sangre cayó sobre la mesa—. Esta mañana temprano han encontrado a Omar con el corazón atravesado. Anoche a las once fue la última vez que lo vieron con vida. ¿Dónde estaba usted?
Edward, asqueado, sacudió la cabeza y desvió la mirada. Iban a cargarle el asesinato. Dios... Omar estaba muerto. No era la primera vez que le acusaban de algo siendo inocente. Se dirigió a Swan:
—¿Parezco tan idiota como para dejar el arma en el cuerpo de la víctima?
Swan apoyó la cadera contra la mesa y cruzó los brazos. Lo miraba con fijeza.
—Esperaba que no lo fuese.
—Anoche le atacaron. —El capitán tomó de nuevo las riendas de la conversación—. Eso debió de enojarlo mucho... Lo bastante para querer vengarse.
Harto de la táctica autoritaria del capitán, Edward arqueó una ceja.
—¿Qué le hace pensar que Omar fue el responsable del ataque?
Los ojos oscuros del capitán vacilaron.
—Solo supuse...
—¿Que trataría de matarme?
—Supuse que usted daría por hecho que era obra de Omar, efendi.
—Anoche estaba demasiado ocupado llevando a mis hombres al hospital. No eché de menos mi cuchillo. Sí, antes había ido a verlo, pero, como pueden declarar los testigos, Omar estaba vivo cuando me marché.
El capitán enderezó la espalda.
—¿Puede demostrar dónde estaba anoche a las once?
Edward se sentía cada vez más molesto y, cuando apoyó los puños en las caderas, cualquiera que lo conociese habría visto el peligro. No había llegado a su casa hasta casi medianoche.
—Es una pregunta legítima, Cullen —dijo Swan.
—No estaba solo —respondió Edward por fin.
—Nadie suponía que lo estuviese —dijo Swan.
Aquel hombre no sabía de la misa la media.
«¡Mierda!»
Apretó los párpados y se pellizcó el puente de la nariz.
Swan percibió un movimiento a su espalda y alzó la mirada. Bella estaba en el umbral del dormitorio. Había encontrado el turbante y había conseguido envolverse el cabello. Pero las curvas de su cuerpo eran inconfundibles; no cabía duda de que era una mujer. Las largas pestañas de la familia Swan, negras como el azabache, enmarcaban sus grandes ojos. Lo paralizaron con su intensidad.
A partir de aquel día, todos los habitantes de El Cairo sabrían que había pasado la noche con él.
El capitán se volvió con gesto brusco, al igual que Halid, que se había sentado a la mesa. El capitán, claramente sobresaltado, dio un paso adelante. Swan estiró el brazo.
—No —dijo con voz áspera.
—El comandante Cullen ha pasado aquí toda la noche —afirmó ella con la barbilla levantada.
—Por el amor de Dios, Bella —susurró Swan.
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