—¿Solo porque estabas enamorado y actuaste de forma insensata?
—Sí.
—¿Quién era ella?
A la pálida luz, los ojos de Bela parecían casi líquidos. Romántica como era, resultaba evidente que estaba dispuesta a comprenderle, y él podía haber aprovechado esa comprensión de haber sido inocente. Pero no lo era. Merecía al menos una parte de la censura que recibió.
—Tanya y yo nos criamos juntos. Sus propiedades lindaban con las de mi familia. Me seguía a todas partes, y al final se convirtió en parte de la camarilla, por así decirlo, la pandilla formada por mis hermanos y los suyos. Me enamoré de ella cuando tenía doce años. Cuando tenía dieciocho, decidí que me casaría con ella. Por desgracia, mi hermano Edward tenía sus propios planes. Dos años después, mientras yo estaba en Eton, el padre de Tanya, el duque de Bedford, anunció el compromiso de su hija con Garret. Acudí a mi padre. No había sido consciente de lo insensible que era hasta que destrozó mis sueños en su propio beneficio político. Quería la dote de Tanya para las arcas familiares y contar con la poderosa alianza de Bedford en el Parlamento. Así de sencillo. Ella se casaría con Garret, y yo tenía que aceptar la decisión por el bien de todos.
—Pero no lo hiciste.
—Nunca le perdoné a mi hermano que actuase a mis espaldas para conseguirla. Una semana antes de la boda, me reuní con Tanya en el invernadero de nuestra finca. Mi hermano nos descubrió y me desafió. Estuve a punto de matarlo. A continuación, mi padre me desheredó, y yo abandoné Inglaterra para alistarme con Gordon en China. Ese es mi sórdido pasado.
—¿Sigues enamorado de ella?
Edward dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Sigues tú enamorada de Jacob Black?
Bella sacudió la cabeza y volvió la fotografía boca abajo, sobre la mesa.
—No —susurró, luego tomó aliento—. ¿Ha terminado la investigación?
—En lo que me concierne, sí. —Tiró de Bella hasta que se sentó en su regazo y le apartó el cabello húmedo de la cara—. Mi carrera habría acabado de todos modos. Tú has sido lo único real que ha salido de todo esto, Bella.
Ella volvió la cabeza hacia otro lado.
—¿Qué sabes de mí, Edward?
Sus largos dedos la cogieron de la mandíbula y la obligaron a mirarlo; sus ojos se apoderaron de los de ella y revelaron todo lo que aún tenían que compartir.
—Sé que te gusta el amanecer y el olor del aire por la mañana. Te encantan las rosas y añoras la lluvia —dijo, repitiendo las mismas palabras que ella le dijese una vez, tiempo atrás, en el desierto, antes de que él la besara por primera vez. Antes de que la llevase la dahabiya y de que todo lo que ocurrió aquel día cambiase el centro de su propia vida—. Te has manifestado con las sufragistas. Recientemente han prohibido la publicación de un libro tuyo en Inglaterra y te has encontrado exiliada en Egipto. Y piensas que tengo los ojos más bonitos que has visto en tu vida. No son del todo verdes. Son...
—¿Grises, color ceniza, tempestuosos? —susurró ella—. Al menos no te ha roto ningún diente... —Tocó con suavidad el punto de la mandíbula donde su hermano le había golpeado por .la mañana. El pecho se le alzó al exhalar el aire—. ¿Y el amor, Edward?
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