—¿Crees que el médico habrá conseguido llegar a los camarotes de Rose y Gracie? —preguntó.
Edward la envolvió bien y la ayudó a sentarse en el borde de la cama. Sirvió dos copas de coñac y le puso una en la mano.
—Bebe.
Bella observó cómo vaciaba la copa y luego, tras contemplar la suya, hizo lo mismo, pero los resultados fueron muy distintos. El fuego le quemó la garganta y le estalló en el vientre. Empezó a toser. Pese a todos sus esfuerzos por alcanzar la igualdad, era dolorosamente consciente de que bebía como una principiante y de que Edward se daba cuenta.
Pero al cabo de un momento sintió los miembros tibios y lánguidos, y se dejó caer sobre la almohada, con mirada soñadora.
—¿A cuánta gente ha cuidado para llegar a ser tan competente, excelencia?
Edward le quitó la copa y contempló su perfil. Ya casi estaba dormida. La vida de un funcionario público en Egipto exigía paciencia frente a lo inesperado. Había recompuesto huesos rotos, tratado la disentería y asistido a partos.
—Reconfortar a una novia tozuda con una copa de coñac no requiere la habilidad de un cirujano —dijo en voz baja mientras añadía otro edredón a la cama.
En el exterior, el tiempo había empeorado. Edward se aseguró de que la estufa tuviese leña de sobra. Volvió a cubierta y comprobó que no era el único loco que había salido. Había otro hombre en la oscuridad, junto a la batayola. Edward se metió la mano en el capote y sacó la cajita de hojalata de caramelos de menta. Abrió la tapa y se deslizó uno entre los labios mientras miraba hacia la espalda del hombre, pero la helada rociada se le metió por debajo del cuello y bajó la barbilla para avanzar a través de la oscuridad, hacia el amarradero donde se hallaba la yegua de Bella.
La parte superior de la puerta del establo golpeaba contra el mamparo. Nadie se había ocupado de los caballos y, mientras la tempestad arreciaba en la cubierta, Edward aseguró a la yegua, cerró la puerta y corrió el pestillo; luego hizo lo mismo con los dos bayos que había a cada lado
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